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Idea · Del catálogo de Margen

Tus 37 grados los puso un médico alemán en 1868

Tú no tienes 37 grados, y el médico que puso esa cifra no se equivocó. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo, y la segunda es la que no te han contado nunca.

El médico se llamaba Carl Reinhold August Wunderlich y dirigía la clínica de la universidad de Leipzig. En 1868 publicó un libro sobre el comportamiento del calor corporal en las enfermedades, y detrás llevaba una cantidad de trabajo que todavía impresiona: unos veinticinco mil pacientes y más de un millón de mediciones, tomadas en la axila con un termómetro de mercurio de un pie, unos treinta centímetros, que había que sujetar veinte minutos. De ahí salió el 37 como temperatura del sano y el 38 como frontera de la fiebre.

Más de un siglo después, cuando por fin alguien repitió la cuenta con datos modernos, el 37 no apareció. En 1992, Philip Mackowiak tomó setecientas temperaturas orales a 148 adultos sanos de Baltimore: la media le salió 36,8 y solo el 8 % de las lecturas dio un 37,0 exacto. En 2017, el British Medical Journal lo hizo con 35.488 pacientes de Boston que habían ido al médico sin ninguna infección: 36,6.

La lectura cómoda de esos dos números es que Wunderlich metió la pata. En 2020, un equipo de Stanford demostró que no.

Juntaron 677.423 mediciones de tres épocas distintas: fichas médicas de veteranos de la Guerra Civil americana, una encuesta nacional de salud de los años setenta y consultas de hospital entre 2007 y 2017. Puestas en fila por año de nacimiento, las temperaturas bajan sin parar: unas tres centésimas de grado por cada década de nacimiento. Un hombre nacido en el año 2000 ronda medio grado menos que un hombre nacido en 1830. La explicación que proponen los autores es que nuestros cuerpos están menos encendidos: menos infecciones crónicas sin tratar, menos dientes podridos, menos tuberculosis de fondo, casas calientes todo el invierno.

O sea que el 37 era verdad. Lo era para los pacientes de Wunderlich, que vivían con una brasa pequeña dentro casi todo el rato, y lo era medido donde él lo medía: en la axila, que marca unas tres décimas menos que la boca. Su 37 de axila serían hoy 37,3 de boca, así que la distancia con el 36,6 de Boston es todavía mayor de lo que parece. Lo que ha caducado no es su medición: somos nosotros.

De ahí sale lo aprovechable, y empieza por lo que acaba de decidir discusiones de casa: el número depende de dónde pongas el termómetro. Ya lo has visto con Wunderlich, y la boca da a su vez unas cuatro décimas menos que el recto. Decir «tengo 37,2» sin decir dónde lo has medido no significa gran cosa. Y depende de la hora. Mackowiak encontró que la misma persona, el mismo día y sin estar enferma se mueve medio grado, con el mínimo cerca de las seis de la mañana y el máximo a media tarde.

El estudio de Boston dejó además un hallazgo que casi nadie cuenta. Las mujeres afroamericanas marcaban las temperaturas más altas, cinco centésimas por encima de los hombres blancos; los mayores, las más bajas, dos centésimas menos por cada década de edad. Pero la edad, el sexo, el peso y las enfermedades, todo junto, explicaban una parte pequeñísima de las diferencias: la mayor parte se quedó sin explicar. Y esa parte sin explicar resultó ser la que valía, porque predecía algo. Estar quince centésimas de grado por encima de la media se asociaba a un 8,4 % más de probabilidad de morir en los doce meses siguientes que estar en ella.

Traducido: tu temperatura de base es un dato tuyo, lleva información dentro, y no la tienes apuntada en ningún sitio.

El 38 de la enfermera no es tu temperatura: es un corte alto a propósito, puesto en la boca o en el oído para que no se le escape una infección a nadie. Eso no se discute desde el sofá de casa.

Lo que sí puedes hacer es tener tu propia cifra, que es gratis y tarda cinco días.

Coge un termómetro, uno solo, y decide un sitio: axila o boca, el que vayas a repetir siempre. Durante cinco días que estés sano, mídete dos veces: una al levantarte, antes del café, y otra entre las cinco y las siete de la tarde. Apunta las diez cifras en el móvil con la hora al lado. Al acabar tendrás dos medias, la de la mañana y la de la tarde, y verás tu propio vaivén; en la mayoría de la gente esas dos cifras se separan entre tres y seis décimas. El aparato importa menos de lo que crees, siempre que sea el mismo: lo que vas a comparar no es tu temperatura con la de la humanidad, es la tuya de hoy con la tuya de la semana pasada.

Esa pareja de números es tu línea base y sirve para dos cosas concretas. La primera, dejar de alarmarte por un 37,3 a las seis de la tarde si tu tarde normal es 37,1. La segunda, ver antes de tiempo que algo va mal: un 37,4 a las siete de la mañana, cuando tu mañana normal es 36,5, es casi un grado por encima de ti mismo y merece atención aunque ningún protocolo lo llame todavía fiebre.

Apúntalo hoy en la nota del móvil con dos palabras: «mañana» y «tarde». Dentro de cinco días tendrás tu cifra.