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Por capítulos · Las doce ultimas noches del 803 · Del catálogo de Margen

La madre de Olalla se sienta en la fila cuatro

Antes: el 803 hace doce viajes sin pasajeros y el 31 levantan la vía. La primera noche subió Amelia Sanchís con un billete de 1998.

Quedan once noches. Olalla Berruezo, revisora del 803 desde hace once años, ha tardado todo el día en no escribir el informe.

Lo empezó tres veces en la mesa de la cocina. «Incidencia: parada no programada en apeadero clausurado (Vallonga), 00:11, y presencia de una persona ajena al servicio a bordo.» A la cuarta lo dejó a medias, porque cada vez que llegaba a «persona ajena al servicio» tenía que escribir un nombre, y el nombre era el de la mujer que le enseñó a dividir.

A las siete de la tarde se metió en el cuarto de los archivadores de la estación de Ribadeña, que huele a papel de los años noventa porque es papel de los años noventa. Buscaba ese nombre en la carpeta de reclamaciones. Lo encontró en otra.

Noviembre de 1998. Un pliego cosido a máquina, con letra de maestra: «Los vecinos de la comarca solicitan que no se suprima el servicio nocturno.» Debajo, columnas de firmas con el número de documento al lado de cada una. La primera línea, arriba, la había firmado Amelia Sanchís, maestra de la escuela de Ribadeña, y al lado, entre paréntesis, ponía «Vallonga, casa del maestro».

Olalla se sentó en el suelo con la carpeta en las rodillas y hizo la cuenta despacio. En 1998 Amelia vivía en el piso de arriba del apeadero, el de la ventana justo encima de la marquesina, y bajaba cada mañana a coger el tren para dar clase en Ribadeña. La línea que pedía que no cerraran era la línea con la que iba a trabajar.

Y funcionó. Amelia recogió las firmas del pueblo, las llevó ella misma a la Delegación, y el 14 de noviembre —la noche que iba a ser la última— el 803 salió igual, y siguió saliendo veintiocho años más. Nadie se lo agradeció por escrito. Lo que sí hizo Amelia esa noche fue comprar un billete de Ribadeña a Puente Alcor, ida, y no usarlo.

Eso es lo que sube en Vallonga. No una señora despistada: la mujer que ganó la línea, esperando en el andén de su propia casa a que alguien le pique el viaje que no hizo.

A las 23:31 Olalla dejó la carpeta donde estaba y salió al andén.

—¿Vas a decir algo? —le preguntó Fermín Aizpún, maquinista, que se jubila el 31 y lleva la ventanilla bajada desde marzo.

—Voy a mirar.

—Once —dijo Fermín.

—Once.

A las 23:40 el 803 salió de Ribadeña con cincuenta y dos asientos limpios. A las 23:52 pasaron Sotoclaro. A las 00:11 el tren frenó en Vallonga, y Olalla se plantó en la puerta dos con la picadora en la mano y una frase preparada que no era ninguna de las dos del reglamento.

En el andén no había nadie.

La marquesina de chapa, los dos andenes cortos, la ventana de arriba apagada. Treinta segundos. El 803 arrancó otra vez y a Olalla se le quedó la frase dentro, que es lo más incómodo que se le puede quedar a nadie.

Fue hasta la cabina.

—No estaba.

—No estaba —dijo Fermín, sin apartar la vista del punto donde los faros dejan de servir.

—¿Y por qué has parado?

—Porque paro.

Volvió al vagón apagando luces de cortesía que nadie necesitaba, y a la altura de la fila seis vio un abrigo.

En la fila cuatro, sentada, con las rodillas juntas y el bolso encima, estaba Puri Berruezo, costurera jubilada, sesenta y ocho años, que le cosió a Olalla el primer uniforme de revisora en 2015 y le sacó dos centímetros de manga porque «los brazos te van a crecer todavía».

—Mamá.

—Hola, hija.

—Mamá, ¿por dónde has subido?

—Por la puerta uno, en Ribadeña. Estabas hablando con Fermín.

Olalla se quedó de pie en el pasillo con la picadora en la mano.

—Este tren no lleva pasajeros. Te lo expliqué en la cena de anoche y te lo he vuelto a explicar hoy.

—Me lo has explicado muy bien.

—Entonces te tengo que hacer bajar en Ermua del Río, a las 00:24. Y luego tengo que llamar por radio y decir tu nombre.

—Ermua está a doce kilómetros de casa y no hay taxi —dijo Puri, con la tranquilidad de quien ha hecho ese cálculo antes de salir—. Pero tú haz lo que tengas que hacer.

—¿Me vas a decir qué haces aquí?

Puri se lo pensó el tiempo justo para que su hija supiera que se lo estaba pensando.

—No.

Olalla se sentó enfrente, en la fila cinco, del revés, mirándola. Once años sin sentarse en un trayecto y llevaba dos noches sentándose.

—Amelia Sanchís subió ayer en Vallonga —dijo—. Con un billete de 1998 sin picar. Y hoy te subes tú en Ribadeña y te sientas exactamente donde se sentó ella.

—Es una fila buena. Se ven las dos puertas.

—Mamá.

Puri abrió el bolso. Olalla conoce ese bolso: rígido, de asa corta, con el forro que su madre cambió dos veces en lugar de comprarse otro. Dentro hay un monedero, unas gafas, un pañuelo doblado en cuatro y un sobre de papel de los que se cerraban humedeciendo la solapa.

Del sobre sacó una cartulina fina, con el nombre de la línea impreso en tinta gastada y los recuadros de las estaciones puestos en columna. La dejó en la mesita, boca arriba, con la esquina de la fecha girada hacia su hija.

Catorce de noviembre de 1998. Ribadeña a Puente Alcor. Ida. Sin picar.

—Mamá. ¿Cuántos de estos hay?

Puri cerró el bolso.