Curiosidad · Del catálogo de Margen
Los palos de madera que quemaron el Parlamento

Desde el siglo XII, el Tesoro inglés apuntaba impuestos y deudas en «tallies»: palos de avellano con muescas talladas según la cantidad. Luego el palo se partía a lo largo y cada parte se quedaba una mitad. Para cobrar, había que juntarlas: si las vetas y las muescas encajaban, la deuda era auténtica. Imposible de falsificar y sin necesidad de saber leer. Funcionó seiscientos años.
En 1826 el sistema se retiró por fin, y en 1834 alguien decidió que dos carretadas de palos viejos ocupaban demasiado sitio. En lugar de regalarlos como leña, se ordenó quemarlos en las estufas del sótano de la Cámara de los Lores. Las estufas se atiborraron, los conductos se recalentaron y, la tarde del 16 de octubre de 1834, el Palacio de Westminster entero ardió ante medio Londres. Turner estaba entre la multitud, y pintó el incendio.
El Parlamento que hoy sale en todas las postales —el neogótico, el del Big Ben— existe porque hubo que construirlo de nuevo. Seis siglos de contabilidad, reducidos a ceniza por la manera más burocrática posible de vaciar un armario.