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Microrrelato · Del catálogo de Margen

El quiosco

La primera peseta apareció un martes, entre los céntimos de las vueltas. Sara la devolvió; Genaro, el quiosquero, se disculpó y le dio una moneda buena. A la semana siguiente había otra. Luego otra. Siempre en su cambio, nunca en el de nadie más: llegó a vigilar a otros clientes con disimulo.

Dejó de devolverlas. Las guardaba en un bote de mermelada, sin contarlas, como se guardan las cosas que no tienen explicación pero tampoco molestan.

Una mañana el quiosco amaneció con un cartel: CERRAMOS EL VIERNES. GRACIAS POR TANTO. El viernes Sara bajó con el bote. No supo por qué; lo cogió como se coge un paraguas cuando el cielo se pone raro.

Genaro le tendió el último periódico. Ella vació el bote sobre el mostrador. Él contó las monedas sin ninguna sorpresa, moneda a moneda, como quien cobra un pago aplazado desde hace mucho.

—Ciento veinticinco —dijo—. Justas. Lo mismo que costaba el primero que vendí.

Y le devolvió el cambio: un céntimo nuevo, brillante, del año que viene.