
A esta hora el techo se vuelve un país sin fronteras y yo su único habitante despierto.
La nevera respira en la cocina. El reloj tose sus segundos como un anciano que no quiere morirse antes del amanecer.
Hago la lista de lo que no dije, de las puertas que cerré con demasiada suavidad para que nadie me culpara del portazo.
El sueño es un tren que pasa sin frenar y yo lo veo cruzar desde un andén de sábanas revueltas.
Cuando por fin la luz se cuela gris debajo de la cortina, me rindo agradecido: que venga el día y me quite de encima el peso de estar tan despierto.