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Por capítulos · Las doce ultimas noches del 803 · Del catálogo de Margen

Sesenta y uno dicen que sí y veintiséis no contestan

Antes: Olalla, revisora del 803, llamó a los ochenta y siete firmantes de 1998. Veintiséis teléfonos ya no existen. Fermín abrirá las puertas el 31.

Quedan tres noches. A las 23:40, en la oficina de la estación de Ribadeña, Casilda Trigo, la jefa de estación, apartó los partes de circulación y puso encima de la mesa la lista de 1998: dos folios grapados con ochenta y siete nombres escritos a bolígrafo azul.

Olalla Berruezo, revisora del 803, llevaba dos noches llamando desde el teléfono fijo de la oficina. Desde el móvil le colgaban antes de la segunda frase. Había aprendido a decirlo todo de corrido y en el mismo orden: su nombre, el tren, la fecha y que no vendía nada.

—Dame el número —dijo Casilda. —Sesenta y uno. —¿Sesenta y uno de qué? —Sesenta y uno que suben. Los otros veintiséis son los teléfonos que ya no existen.

Casilda destapó un rotulador rojo y empezó a marcar. Un círculo por cada sí. Tardó menos de lo que las dos esperaban.

—¿Ninguno ha dicho que no? —Ninguno. Tres han preguntado si había que pagar algo. Uno ha preguntado si podía llevar a su nieta.

En la lista los nombres van con el pueblo al lado y sin dirección: Ermua del Río, Villaseca de la Vía, Corrales, Puente Alcor. Olalla había ido apuntando en el margen lo que le contaban, con letra cada vez más pequeña.

Amancio Robles, el número 12, herrero jubilado de ochenta y cuatro años, dijo que lleva el billete en la cartera desde el noventa y ocho y que se le ha puesto blando por los bordes de tanto sacarlo. Añadió que no le guarden sitio, que él va de pie.

La número 33, Elisa Prado, veterinaria, vive en Alicante desde hace doce años. Dijo que sale el 30 por la mañana y que son ochocientos kilómetros.

En el 51 contestó una mujer que no estaba en la lista. Era la hija. Dijo que su padre murió en enero, que ella tiene el billete en un marco encima del aparador, y preguntó si valía igual. Olalla le dijo que sí antes de pensarlo.

—Eso son sesenta y dos —dijo Casilda. —Eso lo he apuntado aparte.

Puri Berruezo, costurera jubilada y madre de Olalla, entró con el abrigo puesto y un cuaderno de tapas de hule. Había hecho las llamadas de los cuatro pueblos de arriba porque a ella le cogen el teléfono a la primera.

—Los de Corrales son once y suben los once —dijo—. Lo que pasa es que a las doce y doce de la noche no hay quien los saque de casa. Están hablando de poner dos coches y hacer dos viajes. —Eso es cosa suya, madre. —Eso es cosa mía, que soy la firma número cuatro.

Casilda contó los círculos rojos en voz alta, de diez en diez, y al terminar dejó el rotulador de pie sobre la mesa.

—Sesenta y uno. Con ochenta y siete firmas y veintiocho años por medio, sesenta y uno es mucho.

Se levantó y fue al ordenador de la ventanilla, el de la venta, que llevaba encendido desde las siete de la mañana sin que lo tocara nadie.

—Te hago los sesenta y un billetes ahora y el día 31 no hay nada que discutir con nadie.

Escribió el código de la línea. La pantalla le devolvió un aviso de dos líneas.

—Casilda. —Espera.

Lo intentó por el número de tren. Después por la estación de origen. Después metiendo la fecha a mano, despacio, por si acaso.

—El 31 no me lo coge. —¿Cómo que no te lo coge?

Casilda giró la pantalla para que Olalla la leyera desde el otro lado de la mesa.

—La venta de esta línea se cerró el día 15, el mismo día que publicaron el levantamiento de la vía. Desde aquí no se puede emitir un billete del 803 ni para el 31, ni para el 26, ni para pasado mañana. La máquina de la sala vinieron a retirarla el 18 y el albarán se lo firmé yo. —Pues en la aplicación. —En la aplicación esta línea no sale. Ya no está en el plano.

Olalla se quedó mirando los dos folios grapados y los sesenta y un círculos rojos.

—¿Y los billetes de 1998?

Casilda tardó en contestar, porque la respuesta le pareció fea en cuanto la pensó.

—Son de una tarifa que se anuló al cerrar la línea. Papel de coleccionista. Si el día 31 sube alguien con eso y aparece Serafín Mardones, el jefe de servicio, lo que hay a bordo son sesenta y una personas sin título de transporte y una revisora que las ha dejado subir. Y el expediente que te llega ese día ya lleva tu nombre escrito.

Fuera, en la vía dos, el 803 empezó a hacer el ruido de siempre antes de arrancar. Fermín Aizpún, el maquinista, esperaba con la ventanilla bajada y el codo fuera.

—Sesenta y un billetes que no se pueden imprimir —dijo Casilda, y puso la mano abierta encima de los dos folios—. Dime tú con qué suben.