
Los oí por primera vez un martes: pasos tranquilos, de punta a punta del techo del dormitorio. Ida y vuelta. A las tres y diez, cada noche, con una puntualidad que acabó siendo lo más inquietante de todo.
No me habría preocupado si no viviera en el último piso.
Arriba solo está el terrado: una puerta metálica, antenas, depósitos de agua. Una noche subí con la linterna del móvil, a las tres y cinco, y esperé junto a la puerta. El terrado estaba vacío y hacía frío. A las tres y diez en punto los oí de nuevo, nítidos, tranquilos, de punta a punta.
Debajo de mí. En mi dormitorio.
Bajé las escaleras sin hacer ruido y no encontré a nadie: la cama deshecha, la ventana cerrada, mi vaso de agua a medias. Todo en orden.
Desde entonces no subo. Me quedo en la cama y los escucho pasear por el techo, y he aprendido a dormirme con ellos. Solo me desvelo las noches en que se detienen justo encima de mi cabeza, como si el de arriba también estuviera escuchando.