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Por capítulos · Las recetas del doctor Sagasti · Del catálogo de Margen

Rosalía quema las nueve recetas en la cocina

Antes: Rosalía Sagasti, enfermera jubilada, confesó que ella firmaba las recetas con el talonario del botiquín. Quedan nueve hojas en blanco.

El domingo 24, con dos días por delante hasta la inspección, Águeda Mendioroz, farmacéutica titular de la única farmacia de Valdecierzo, llamó a las siete menos cuarto a la puerta de la casa contigua a la del médico. Traía el talonario verde metido en una bolsa de papel de la farmacia, doblada dos veces por arriba.

Había pasado la tarde del viernes y el sábado entero haciendo una cosa sola: sacar de su ordenador las treinta y una dispensaciones, ponerlas en una hoja por fecha y por paciente, y mirarlas. Treinta y una veces había cogido una receta con la firma de Braulio Sagasti, la había pasado por el lector y había entregado la caja por encima del mostrador. Once nombres. Ninguna reclamación. Ninguna caducada. Todas cobradas al servicio de salud.

Rosalía abrió con el delantal puesto. Detrás de ella la cocina estaba caliente: una cocina económica de leña, de esas que en Valdecierzo se encienden en cuanto aprieta el frío y no se apagan hasta mayo, con la chapa negra y los aros de hierro que se levantan con un gancho.

—Pasa, que te va a dar el aire —dijo—. Hay café.

—No vengo a desayunar.

—Ya lo sé. Pasa igual.

Águeda dejó la bolsa encima del hule, en el mismo sitio donde el viernes Rosalía había contado las nueve hojas en blanco. No se sentó.

—He tenido esto tres días en la caja fuerte de la farmacia —dijo—. Tres días. Si el veintiséis Petra Aldunate abre la caja y encuentra dentro un talonario oficial del consultorio, yo no soy una farmacéutica a la que han engañado: soy la que lo guardaba. Y las treinta y una recetas las he dispensado yo, con mi número de colegiada en cada una.

Rosalía llenó dos tazas sin preguntar. Puso una delante de Águeda y se quedó con la otra en la mano, de pie.

—Por eso te lo dije el viernes y no el veinticinco —contestó—. Para que tuvieras tiempo de decidir qué haces conmigo.

—No voy a decidir nada sobre ti. Voy a entregarlo todo. Entero. El talonario, el sello, las treinta y una copias, la lista de los once y lo que haga falta. Si entrego el bulto completo, lo que me pueden abrir es un expediente. Si entrego la mitad y aparece lo otro después, me pueden cerrar la puerta. Y la puerta que cierran es la única botica en veintidós kilómetros.

—El talonario entero, no.

—Rosalía.

—Las tapas sí. Las tapas llevan los dos seriales, y los seriales están en el acta que firmó el secretario el doce de abril, así que ahí no falta nada y nadie puede decir que falta. —Dejó la taza en la chapa, donde el café siguió humeando—. Lo que no sale de esta cocina son las nueve hojas.

Águeda abrió la bolsa y sacó el talonario. Lo puso plano, con el membrete del servicio de salud hacia arriba, y lo abrió por la goma.

—Eso es destruir una prueba.

—Eso es destruir nueve recetas en blanco —dijo Rosalía—. Piensa un momento en lo que tienes ahí, Águeda, y no en lo que te van a preguntar el martes. Cada una de esas hojas lleva impreso el número de colegiado de mi hermano. Cada una admite una firma que yo sé hacer con los ojos cerrados porque llevo treinta y un años viéndola. Yo he dicho que las hice yo. Ya está dicho, y no lo voy a desdecir. Lo que queda ahí encima del hule no es una prueba de lo que hice: es un permiso para hacerlo nueve veces más.

—Yo no voy a dejar que las hagas.

—Tú no vas a estar siempre detrás del mostrador. Y yo tengo setenta y uno.

Llamaron a la puerta con los nudillos, dos golpes cortos, y entró sin esperar Simón Goñi, panadero, con el capazo colgado del antebrazo y la cara roja del horno. Dejó una barra encima del arcón y sacó del capazo una caja de plástico con siete casillas.

—El pastillero de Balbina, que el jueves no estaba en casa —dijo—. Se lo subo yo ahora, que hoy hago un viaje de más.

—Déjalo ahí, Simón.

Simón miró el talonario abierto encima del hule y no preguntó. Es de los que no preguntan. Se limpió la harina de las manos en el pantalón, dijo que el jueves subiría también el de Amadeo y salió cerrando la puerta despacio, con el cuidado de quien cree que dentro hay alguien durmiendo.

Águeda esperó a oír la cancela.

—Once pastilleros —dijo—. Los prepara mi mostrador todas las semanas y los sube ese hombre en un capazo. Balbina Ochandiano, ochenta y cuatro, digoxina y furosemida. Amadeo Etxarri, ochenta y uno, tres pastillas por la mañana y dos por la noche. Fermina Larrañaga, setenta y nueve, que vive sola en la parte de arriba y no se acuerda de los nombres, se acuerda de los colores. Once cartillas que a partir del veintiséis no va a renovar nadie, porque el médico de área pasa a veintidós kilómetros dos mañanas por semana y no ha visto a Balbina en su vida.

—Ahí quería llegar —dijo Rosalía.

Se agachó delante del aparador, rebuscó detrás de los manteles y sacó un cuaderno de tapas de hule gris, de los de cuadros, con las esquinas redondeadas de tanto meterlo y sacarlo de un bolso. Lo puso encima de la mesa, al lado del talonario, y lo dejó ahí sin abrirlo.

—Empecé este cuaderno en enero del noventa y uno, con el médico de antes, el de la letra picuda, después de estar a punto de pincharle a un hombre lo que no le tocaba. Braulio llegó dos años después y lo único que me dijo fue que no me dejara ninguna hoja sin fechar. Aquí está la tensión de todos, las dosis, las alergias, quién no puede tragar comprimidos grandes, quién vive solo, quién no sabe leer la caja y quién tiene una hija en Pamplona a la que se puede llamar un domingo. Treinta y cinco años. Está a mano y está feo, pero no falta un día.

Águeda no lo tocó todavía.

—Y esto se lo enseñas el martes a Petra Aldunate.

—Esto se lo enseñas tú —dijo Rosalía—, porque tú eres la que va a tener que seguir dispensando cuando a mí me quiten hasta la sombra. —Se sentó por fin—. Ahora ábrelo por el final.

Águeda lo abrió por el final. En la última hoja escrita, con fecha del once de abril, había una lista de once nombres, uno debajo de otro, y al lado de cada uno una fecha: la última vez que un médico había visto esa pauta. Diez de las fechas eran de 2024, del invierno anterior a la muerte de Braulio. Una era de 2019.

Y en tres de los once nombres, en el margen, con la misma letra pequeña, había una línea más.

—Léelas —dijo Rosalía.

—«Ochandiano, Balbina. Digoxina: de la noche a la mañana desde el 6 de febrero, y se le retira el somnífero. Caída en casa de madrugada, pulso 48. R. S.»

—Sigue.

—«Etxarri, Amadeo. Furosemida: a días alternos desde el 20 de marzo, se le hinchaban los tobillos con el calor. R. S.» Y «Larrañaga, Fermina. Se le retira el hierro desde el 2 de marzo, le cerraba el estómago. R. S.» —Águeda levantó la cabeza—. Estas tres cajas las lleno yo. Casilla por casilla, todas las semanas, desde febrero. Y ni una vez me pregunté por qué a Balbina le había desaparecido el somnífero. Tú me dijiste el viernes que no habías cambiado nada.

—Te dije que no receté nada nuevo. Y no receté nada nuevo. —Rosalía tenía las manos abiertas encima del hule—. Pero a Balbina se le puso el pulso en cuarenta y ocho y se cayó de madrugada, y yo le pasé la digoxina a la mañana y le quité el somnífero, y lo escribí ahí el mismo día, con la fecha y con mis iniciales, para que cualquiera pudiera venir, leerlo y decirme que me había equivocado. Tres veces en dos años. Las tres están escritas. No hay ninguna más y no vas a encontrar ninguna más.

—Eso es peor, Rosalía.

—Eso es exactamente lo mismo que ya sabías, pero ahora está en tus manos. —Se levantó—. Y ahora vamos a lo otro.

Cogió el talonario, sacó unas tijeras de costura del cajón de los cubiertos y fue cortando por la línea de puntos, hoja a hoja, apoyando el filo en el borde de la mesa para que saliera recto. Las nueve salieron limpias. Las contó otra vez encima del hule, en voz alta, y Águeda no la interrumpió.

—Nueve.

Levantó el aro de hierro con el gancho. Dentro, la leña estaba en brasa viva, sin llama. Fue metiendo las hojas de una en una, esperando a que cada una prendiera del todo antes de echar la siguiente, y el papel timbrado ardió con un borde azul que ninguna de las dos había visto arder antes. Al llegar a la séptima, Águeda rodeó la mesa y miró desde arriba, con las manos en la espalda.

—La ocho —dijo Rosalía.

—La ocho.

—La nueve.

Volvió a poner el aro y limpió la chapa con el trapo. Sobre el hule quedaron las tapas verdes del talonario, con los dos números de serie impresos, y el sello de caucho del consultorio, que no tocó.

—Las tapas y el sello los llevas tú el martes —dijo—. Y esto también.

—Y de las nueve digo que se quemaron en tu cocina y que las quemaste tú —dijo Águeda—. Con esas palabras. No pienso decir que faltan.

—Con esas palabras.

Abrió el cuaderno gris por la primera página y le dio la vuelta hacia Águeda. Pegada con celo por dentro de la tapa, donde el viernes no había nada, había una cuartilla escrita esa misma mañana, con la letra más grande de lo normal para que se leyera bien: la fecha del veinticuatro, las treinta y una recetas por su número de serie, y debajo, en una sola línea, «Las firmé yo. Rosalía Sagasti Aldaz, enfermera».

—Para que el martes no tengan que creerte a ti —dijo—. Que te lo lean.

Águeda cerró el cuaderno, lo metió en la bolsa de papel de la farmacia con las tapas y el sello, dobló el borde dos veces y se la puso debajo del brazo.