Curiosidad · Del catálogo de Margen
En 30 segundos de cielo azul verás tu propia sangre

Sal a la calle un día de cielo limpio, levanta la cara hacia una zona de azul sin nubes ni sol directo, y aguanta ahí treinta segundos sin fijar la vista en nada. A los pocos segundos empezarán a cruzar unos puntos minúsculos y brillantes, muy rápidos, que no están en el cielo. Están dentro de tus ojos, y son el rastro de tus propios glóbulos blancos pasando por la retina.
Fíjate en cómo se mueven, porque el detalle importa. Siguen caminos cortos y retorcidos, siempre los mismos, y aparecen solo en los quince grados que rodean el punto al que miras. Cada uno dura un segundo o menos. Y hacen una cosa que ninguna mosca hace: aceleran a empujones, un empujón por latido.
Lo que ves son huecos, y para entender por qué hay que mirar lo que tienes delante de la retina.
Delante de los fotorreceptores de la retina, es decir, entre la luz y las células que la detectan, hay una malla finísima de capilares. Van llenos de glóbulos rojos, y la hemoglobina que llevan dentro absorbe muy bien la luz azul: el efecto es máximo alrededor de los 430 nanómetros, que es justo el azul profundo de un cielo de invierno. Cada capilar lleno de rojos proyecta, por tanto, una línea oscura sobre los receptores que tiene detrás. Esas líneas están ahí todo el día y no las ves nunca, porque no se mueven y el sistema visual descarta lo que no cambia.
Un glóbulo blanco, un leucocito, es más grande que un rojo y no absorbe el azul igual. Cuando uno de ellos atraviesa un capilar de la mácula, el centro de la retina, empuja a los rojos a los lados y abre un hueco transparente que viaja con él. Por ese hueco pasa luz azul que no debería pasar, y los receptores de debajo se encienden un instante.
Eso explica las tres rarezas de golpe. Los puntos salen brillantes porque lo que ves es el agujero que la célula abre al pasar. Siguen caminos fijos y retorcidos porque los caminos son los capilares. Y aceleran con el corazón porque cada latido empuja la columna de sangre entera.
Conviene no confundirlos con las moscas volantes. Esas son grumos y filamentos de colágeno flotando en el humor vítreo, el gel transparente que rellena el ojo por dentro: se ven como hilos o manchas grises, siguen desplazándose cuando ya has frenado el ojo y caen despacio. Los del campo azul miden menos que la cabeza de un alfiler, pasan en menos de un segundo y dan un tirón por latido. Si lo que ves se arrastra, es vítreo; si corre a saltos, es sangre.
Si el cielo no colabora, sirve cualquier campo azul uniforme y bastante brillante: una pantalla puesta en azul a todo brillo, a medio metro de la cara, funciona, y funciona mejor cuanto más profundo sea ese azul. Las dos condiciones son que no haya nada que mirar —ni bordes, ni texto, ni una nube con forma— y que no fijes la vista en ningún punto, porque es el ojo relajado el que deja ver lo que se mueve.
En 1980, dos investigadores convirtieron el truco en un instrumento de medida. Charles Riva y Benno Petrig le pusieron cifras, y años después patentaron el método.
El aparato funciona así. Se pone al paciente delante de un campo azul uniforme para que vea sus propios puntos. Al lado, una pantalla genera puntos de mentira, movidos por ordenador, cuya velocidad y cuya cantidad se pueden subir y bajar con dos mandos. El paciente ajusta los mandos hasta que la simulación se parece a lo que está viendo dentro de su ojo. Cuando las dos cosas coinciden, los números de la simulación son los números del paciente, y la patente nombra los tres que devuelve: a qué velocidad van sus leucocitos, cuántos hay y cuánto se aceleran en cada latido.
La velocidad sale entre medio milímetro y un milímetro por segundo, que es lo que avanza un glóbulo blanco por un capilar de la mácula en ese tiempo. Esa velocidad sube cuando se respira aire con más dióxido de carbono, que dilata los vasos de la retina. Y el tirón de cada latido se cuenta aparte, porque dice si ese lecho capilar sigue siendo elástico.
Es una medida del flujo de sangre en la retina sin tocar el ojo, sin inyectar nada y sin una sola aguja, y se ha usado para estudiar la diabetes, el glaucoma y el efecto de algunos fármacos sobre la circulación del ojo. Tiene una pega gorda: el único sensor del aparato es la persona. Si el paciente se cansa, duda o quiere agradar, el número se mueve.
Cincuenta y seis años antes, en 1924, un oftalmólogo alemán llamado Richard Scheerer había publicado el artículo que lo puso en la consulta. Lo publicó en una revista alemana de oftalmología, con un título que decía exactamente lo que Scheerer quería defender: «La visibilidad entóptica de los movimientos de la sangre en el ojo y su significado clínico». En 1924, con eso, ya sostenía que unos puntitos que se ven mirando al cielo eran una medida clínica. Por eso el fenómeno se sigue llamando también fenómeno de Scheerer.
Pero el primero que vio su propia circulación, y el que la dibujó, trabajaba un siglo antes y no tenía ni aparato ni revista donde publicarlo deprisa.
Entre 1818 y 1823, antes de marcharse a la cátedra de Breslavia, Jan Evangelista Purkinje, médico checo, experimentó con sus propios sentidos en el laboratorio que se había montado en su casa de Praga. Giró su cuerpo para estudiar el vértigo y se presionó los ojos para provocar figuras. Y una de las cosas que hizo fue esta: apuntar un haz estrecho de luz a la esclerótica, lo blanco del ojo, en lugar de a la pupila.
Al entrar la luz por el costado, las sombras de los vasos de su propia retina dejaron de caer donde caen siempre y pasaron a caer sobre receptores vecinos, que no estaban acostumbrados. Y entonces Purkinje vio, extendido sobre su propio campo visual, un árbol: el dibujo ramificado de las venas y arterias de su ojo, proyectado sobre su vista como una radiografía hecha desde dentro. La figura se sigue llamando árbol de Purkinje.
No tenía con qué fotografiarlo: la primera imagen que Niépce consiguió fijar es de 1826 y el daguerrotipo no se anunció hasta 1839. Así que acercó la luz a la esquina de su propio ojo, movió el haz despacio para que el árbol no se le apagara, y lo dibujó a mano.