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Relato · Del catálogo de Margen

El catastro de los desaparecidos

Me contrataron para dibujar el mapa de un pueblo que ya no existe. No un pueblo antiguo: uno que desapareció el martes pasado, con sus calles, su fuente y sus setenta y un vecinos, sin que nadie de la comarca lo recordara al día siguiente.

El encargo venía de una oficina sin nombre en la capital. Me dieron un legajo con fotografías aéreas antiguas, un sobre con dinero y una sola instrucción: «Dibújelo bien. Es la única manera de que vuelva a estar en algún sitio».

Subí al valle en coche. Donde el legajo marcaba el pueblo, el navegador insistía en que no había nada: un pinar, un arroyo, la nada verde de la montaña. Pero yo he cartografiado toda mi vida y sé leer el terreno como otros leen una cara. Ahí, bajo la hierba nueva, se adivinaba el trazado de una plaza. Allá, la sombra rectangular de lo que fue una iglesia. El pinar crecía en líneas demasiado rectas para ser un bosque: eran calles esperando que alguien las nombrara otra vez.

Trabajé nueve días. Medí, calculé, dibujé. Y ocurrió algo que no sé explicar sin que suene a locura: a medida que la tinta llenaba el papel, el pueblo volvía. Primero el olor a pan de una panadería que no veía. Luego el eco de una campana en un campanario que no estaba. Al séptimo día, un niño me trajo agua de una fuente que la mañana anterior era solo un pinar.

—¿Usted es el que nos está dibujando? —me preguntó.

Asentí, con la mano temblando sobre el papel.

—Dígale a los de la capital que esta vez lo hagan durar —dijo—. La última vez que nos borraron, tardaron cincuenta años en acordarse de mandar a alguien.

Terminé el mapa al noveno día y lo entregué en la oficina sin nombre. El funcionario lo desplegó, lo miró un rato largo y sonrió con una tristeza que no le pegaba al traje.

—Perfecto —dijo—. Cada línea en su sitio. Ahora existe otra vez.

Guardó el mapa en un cajón metálico, lo cerró con llave y me tendió la mano.

—¿Y si algún día pierden este mapa? —pregunté.

—Entonces mandaremos a otro cartógrafo, dentro de medio siglo, a dibujarlo de nuevo. —Me miró con algo parecido a la lástima—. Como hicimos con usted.

No entendí a qué se refería hasta que salí a la calle y busqué mi coche donde lo había dejado. No estaba. Tampoco estaba la calle. Ni la ciudad. Solo un pinar de líneas demasiado rectas, y muy lejos, la luz diminuta de una oficina, guardando en un cajón el único sitio donde yo todavía existo.