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Idea · Del catálogo de Margen

Cambiaron un verbo y el mismo coche corría 14 km/h más

45 estudiantes de la Universidad de Washington vieron en 1974 siete películas cortas de accidentes de tráfico, de esas que se usaban en los cursos de conducción segura. A los que se les preguntó a qué velocidad iban los coches «cuando se estrellaron» dieron una media de 40,8 millas por hora; a los que se les preguntó «cuando se tocaron», 31,8. En kilómetros: 65,7 contra 51,2, catorce y medio de diferencia viendo exactamente la misma película, con los mismos coches y el mismo golpe.

La pregunta era idéntica salvo por el verbo, y había cinco: se estrellaron, colisionaron, se dieron, chocaron, se tocaron. Esa palabra era la única variable del experimento. Y en un segundo grupo, una semana más tarde, el mismo verbo hizo que dieciséis personas recordaran cristales rotos donde no había ni uno.

Lo firmaron Elizabeth Loftus y John Palmer, psicóloga y estudiante de esa universidad, en un artículo de cinco páginas que hoy es de los más citados de su campo. Así es como montaron la segunda parte.

Cogieron a 150 estudiantes nuevos y les pusieron una película de menos de un minuto en la que varios coches se empotraban; el choque en sí duraba unos cuatro segundos. A cincuenta les preguntaron a qué velocidad iban cuando «se estrellaron». A otros cincuenta, cuando «chocaron». A los últimos cincuenta no les preguntaron nada sobre la velocidad. Y los mandaron a casa.

Una semana después los volvieron a llamar y les colaron una pregunta trampa: ¿vio usted cristales rotos? En la película no había un solo cristal roto. Del grupo del «se estrellaron», dieciséis de cincuenta dijeron que sí. Del grupo del «chocaron», siete. Del grupo al que no le habían preguntado nada, seis.

No dudaban. No decían «me parece». Lo recordaban.

Que un recuerdo se rehace cada vez que se usa lo sabe cualquiera que haya discutido con un hermano sobre unas vacaciones de hace veinte años. Lo que Loftus y Palmer midieron es otra cosa, y es la que incomoda: quién lo rehace. No solo el que recuerda. También, y con el mismo derecho, el que está preguntando. Un verbo suyo, elegido sin pensar, entra en la obra y se queda dentro.

Conviene decir también lo que el experimento no demuestra, porque es un clásico y los clásicos se estiran. Eran películas, no accidentes de verdad; eran estudiantes en un laboratorio, sin nada en juego; y el efecto es de grupo, no de persona: nadie puede plantarte un recuerdo entero con una frase. Lo que se mueve es el borde de lo que recuerdas —la velocidad, el color, si había cristales—, y las preguntas lo empujan hacia donde apuntan.

Donde sí cambió las cosas del todo fue en cómo se interroga. La entrevista cognitiva, de los años ochenta, y el modelo PEACE que usa la policía británica desde los noventa prohíben exactamente lo que Loftus y Palmer hicieron a propósito: meter en la pregunta el dato que se quiere averiguar. En la práctica, la entrevista empieza con una pregunta abierta y con una pausa larga, y las preguntas cerradas se dejan para el final, cuando el testigo ya ha contado lo suyo sin ayuda de nadie.

Y no quedó en asunto de laboratorio. El Innocence Project, la organización estadounidense que revisa condenas con pruebas de ADN, ha contado 367 exoneraciones por ADN en Estados Unidos, y en 252 de ellas —el 69 %— había una identificación equivocada de un testigo presencial. Gente que señaló a un desconocido en una sala con absoluta convicción y que no estaba mintiendo. Lo recordaba así.

Y eso funciona fuera de una comisaría, porque lo haces cada vez que preguntas por algo que no viste. Pregúntale a tu hijo si se ha portado mal en el colegio y le habrás dado el guion antes de que abra la boca. A un cliente que se ha dado de baja le ofreces «¿fue por el precio?» y una parte dirá que sí, porque es la salida más cómoda y se la has abierto tú. Con tu pareja pasa lo peor de los tres: en cuanto le preguntas si el restaurante estaba caro, ya no vas a saber nunca qué pensaba antes de oírte.

Mañana, cuando quieras saber algo de verdad, saca de la pregunta el dato que quieres averiguar, y saca sobre todo el verbo: es el que lleva tu sospecha dentro. Pregunta «¿qué tal el colegio?» y no digas nada durante diez segundos: el hueco lo rellena el otro, y lo rellena con lo suyo. Guarda «¿te pegaron?», «¿fue el precio?» y «¿había cristales?» para el final, cuando ya no puedan fabricar nada.