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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Nadie pudo leer sus 37,5 millones de palabras hasta 2024

Dayton, en el estado de Washington, no llega a los 2.700 vecinos y guarda el diario más largo que se ha escrito nunca; nadie pudo leerlo hasta 2024. Lo llevó Robert Shields, pastor de la iglesia congregacional del pueblo y profesor de lengua en el instituto, entre 1972 y 1997: unos 37,5 millones de palabras. Para hacerse una idea, Guerra y paz tiene unas 587.000. Shields escribió sesenta y cuatro veces Guerra y paz sin moverse de su galería.

El diario está escrito en tramos de cinco minutos, uno detrás de otro, desde que se levantaba hasta que se acostaba. Un bloque del diario podía decir que de las siete y cinco a las siete y diez se había pesado, y que de las siete y diez a las siete y cuarto había puesto una tostada y abierto la ventana. Escribía a máquina unas cuatro horas diarias, en la galería acristalada de su casa, con varias máquinas eléctricas alineadas para no perder tiempo cambiando de folio, y muchas veces en calzoncillos, porque allí dentro hacía calor.

No se dejaba nada fuera. Apuntaba la temperatura de la calle y la del cuarto, lo que comía, su tensión arterial, la publicidad que llegaba al buzón y lo que hacía con ella. Pegaba en las hojas muestras físicas de la jornada —etiquetas, recortes, alguna vez pelos de su propia nariz— para que quien leyera aquello tuviera también las pruebas. Dormía en tramos de dos horas y se despertaba a propósito para dejar escritos los sueños antes de que se le borraran, que es la parte del asunto que sus hijos contaban con más resignación.

Le preguntaron muchas veces por qué. Decía que dejar de escribir habría sido parecido a estar muerto, y decía también, con más humor, que si alguien quería saber qué hacía un hombre cualquiera en el siglo XX, ahí lo tenía minuto a minuto. Lo de la literatura ni se lo planteaba: aquello era un inventario, y un inventario se juzga por lo que no falta.

Antes hubo un ictus leve que le bajó la velocidad de noventa palabras por minuto a unas quince y no lo detuvo. El de 1997 sí: después de aquel ya no pudo teclear, y el diario se acabó ese año, veinticinco después de empezar. A partir de 1999 fue entregándolo a la Universidad Estatal de Washington, en Pullman, en ocho remesas que no acabaron hasta el año de su muerte: noventa y siete cajas de cartón, al menos ciento doce pies lineales de estantería, unos treinta y cuatro metros. Y puso una condición que la universidad aceptó: aquello no se abría mientras vivieran él o su mujer.

Murió en 2007, a los ochenta y nueve. Los investigadores que están abriendo hoy esas cajas no encuentran la vida de un hombre extraordinario. Encuentran el registro más minucioso que existe de lo que ocurre dentro de una casa corriente de un pueblo pequeño: las facturas, las tostadas, la publicidad del supermercado. Los archivos históricos se hacen tirando: alguien decide que el resguardo de la tintorería de 1974 no vale nada, y el resguardo desaparece. Shields no tiró el resguardo de la tintorería.

37,5 millones de palabras en veinticinco años salen a unas 4.100 diarias, todos los días, incluidos los de gripe. Grace Shields, su mujer, murió el 17 de abril de 2024, y con ella se levantó la única condición que quedaba en pie. Las noventa y siete cajas llevan desde entonces abriéndose, una a una, en la cuarta planta de la biblioteca Holland.