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Por capítulos · Doce dias de gasoleo · Del catálogo de Margen

Apagan el generador y dentro hacen ocho bajo cero

Antes: el club cesó a Sabino con el número del parte en que denunció el tubo. La litera de Lena mide 140 ppm.

El noveno día amaneció con gasóleo para cuatro días en la cuenta de la ración y para seis en el depósito, y la diferencia entre esos dos números fue lo que decidió la mañana. Fuera hacía catorce bajo cero. Dentro, en el comedor, dos sobre cero y la estufa de leña encendida desde las seis.

Mercedes Arriaga, cincuenta y cinco años, jueza de paz jubilada, que lleva la contabilidad del combustible en la contraportada del libro de firmas desde el tercer día, puso las dos cuentas una debajo de la otra antes de que nadie desayunara.

—La ración dice cuatro días, porque a dieciséis litros diarios los ciento veintiocho del quinto día se acaban el doce. Pero la ración no se ha gastado. Desde que Idoia paró el motor el sexto día a las siete y media no hemos quemado ni un día completo: media hora aquel día, cuarenta minutos el séptimo para que Fani midiera y hora y media anoche para cenar caliente. En el depósito hay noventa y nueve litros justos. —Levantó el lápiz—. Noventa y nueve. Es el primer número redondo en nueve días.

—Seis días de ración para cuatro días de espera —dijo Idoia Bergara, treinta y nueve años, guarda del refugio y enfermera de urgencias hasta 2019.

—Seis y pico. Treinta y cinco litros de sobra.

Idoia se quedó con eso en la mano toda la mañana, porque treinta y cinco litros de sobra es lo que te deja elegir, y llevaba nueve días sin poder elegir nada.

Lo primero, sin embargo, era intentar arreglarlo. Sabino Amantegui, sesenta y seis años, guarda de aquel mismo refugio de 1991 a 2022, lo había pedido tres veces desde que Fani Quiroga, geóloga, bajó el número de la litera, y aquella mañana lo pidió por escrito, con el lápiz de Mercedes, en una hoja del talonario viejo.

—Subo yo. Tengo en la mochila un rollo de chapa fina de aluminio y dos bridas de tubo, y una tijera de hojalatero. Es lo que traía el martes.

—Usted subió el martes y lleva seis días en una litera saliendo de una hipotermia —dijo Lena Bouzas, cuarenta y un años, montañera y anestesista, que desde la medición duerme en el banco de levante y no en el dormitorio pequeño—. Al tejado no sube.

Txomin Elordi, sesenta y dos años, pastor, que sube el correo del club a Iratxeta desde 1994, zanjó la parte que sabía él.

—El faldón aguanta una persona. Una. Y hoy está más duro que el sexto día, que es peor: la costra no avisa.

Subió Idoia, como la otra vez, atada a la viga del dormitorio alto con la cuerda de ocho milímetros. Sabino se quedó debajo de la trampilla, sentado en el suelo con la manta térmica encima de las rodillas, dando indicaciones en voz alta; Ramiro Bouzas, cuarenta y cuatro años, montañero y carpintero de ribera, sujetaba la cuerda desde la viga y le pasaba las piezas de una en una por el hueco.

Lo que Idoia encontró arriba era lo que había visto el sexto día y ahora tenía que tocar con guantes a catorce bajo cero. El tubo de humos atraviesa la losa sin manguito y está partido justo en ese punto, por la parte de abajo, escondido bajo el solape de la teja: media circunferencia limpia, los bordes vueltos hacia fuera y el metal aplastado por arriba, donde la piedra lo aprieta. Y la teja del canal, la que tapa el solape, está rota por la esquina desde antes de todo esto: en el parte de 2021 que Mercedes había leído en voz alta la mañana anterior se describía esa esquina con dos líneas.

Idoia apartó la nieve, sacó el pedazo de teja roto y con eso ganó una mano de sitio.

Cortó la chapa con la tijera a la medida que le cantó Sabino desde abajo, la enrolló alrededor del tubo y apretó las dos bridas con la llave. La mitad de abajo quedó forrada y prieta. La de arriba, no. Ahí el tubo no es redondo: está achatado contra la losa, y una chapa recta sobre un tubo achatado apoya en dos puntos y deja aire en el resto. Tampoco tenía con qué rellenar ese aire. En Iratxeta no hay masilla refractaria: el cartucho iba dentro del presupuesto de ciento sesenta euros que el club no aprobó en 2021.

Bajó a las once y diez con las manos moradas y lo dijo sin adornos delante de los nueve:

—Está tapado por debajo y abierto por arriba. No sé cuánto he cerrado. Se mide o no vale.

Medirlo costaba motor, y el motor era lo que estaba en discusión. Mercedes lo apuntó antes de que nadie lo pidiera.

—Cuarenta minutos, como el séptimo día: tres litros y un tercio. Los saco de la cena de hoy.

El protocolo fue el del séptimo día, el que ya conocían: el registrador de Fani Quiroga, veintiocho años, geóloga, que subió a cambiar los sensores de la ladera, veinte minutos encima de la mesa larga del comedor y veinte colgado de la barra de la litera de arriba del dormitorio pequeño, a un palmo de donde había dormido Lena seis noches; los nueve sentados y quietos en la cocina, que en Iratxeta es la misma pieza que el comedor con un tabique a media altura; Aitor Sein, diecisiete años, en prácticas de guarda esa temporada, cantando los minutos; Mercedes escribiendo la hora de arranque y la de paro.

El motor arrancó a las doce y dos y paró a las doce y cuarenta y dos. Fani bajó el registrador, lo enchufó al portátil y puso la pantalla de manera que la vieran todos.

—Comedor, cuarenta y uno —dijo—. Se aplana a los diecisiete minutos, así que ese número ya es del sitio. Veníamos de sesenta y ocho.

—Baja cuatro de cada diez —dijo Ramiro.

—Espera. —Fani pasó a la otra curva—. Dormitorio pequeño, ciento veintiuno a los veinte minutos, y a los veinte seguía subiendo. Veníamos de ciento cuarenta.

Nadie habló durante un rato largo. Casimiro Lete, setenta y un años, socio del club, treinta inviernos subiendo a Iratxeta, hizo la resta desde el banco de la esquina con el gorro puesto dentro de la casa.

—Diecinueve. Le has quitado diecinueve.

—El parche ha cerrado la mitad a la que se llega desde fuera —dijo Fani—. El humo se ha ido entero por la costura de arriba, que es la que está aplastada contra la losa y la que da a la cámara del dormitorio. He tapado la puerta buena y he dejado la mala.

Lena se levantó y tradujo el número, que es lo que hace desde el sexto día.

—El límite de ocho horas en un lugar de trabajo son veinte partes por millón y el pico de quince minutos, cien. Ciento veintiuno pasa el pico. Dormir cuatro noches ahí es hacer lo mismo que las seis noches anteriores, solo un poco más despacio.

Ramiro Bouzas dio un paso hasta la mesa larga.

—Entonces se apaga y se baja. Hoy. Yo bajo.

—El corredor lo miramos mañana y lo miro yo primero —dijo Txomin, sin levantar la voz—. Hoy no.

Idoia cortó la discusión con los treinta y cinco litros de sobra en la cabeza, que era lo único nuevo que tenía aquel día. Puso las dos opciones encima de la mesa con las cifras de Mercedes y las de Fani, y las dijo enteras para que nadie tuviera que preguntarlas después.

Seguir con la ración: dieciséis litros al día, tres horas y doce minutos de motor, agua bombeada, baterías cargadas, radiadores tibios en las dos habitaciones de literas y ciento veintiuna partes por millón junto a las camas durante cuatro noches más.

Apagarlo del todo: cero monóxido del generador a partir de ese momento. Y, a cambio, cero bomba —el agua se hace derritiendo nieve en la olla grande encima de la estufa, tres o cuatro horas por olla—, cero radiadores y cero cargador: la radio se queda con las dos baterías que hay, una puesta y una de reserva, hasta el día doce.

—¿Y frío cuánto? —preguntó Aitor.

Fani buscó en el portátil el canal de temperatura, que el registrador venía guardando desde que Fani lo encendió el sexto día, sin que nadie se lo pidiera, y midió la pendiente de las dos veces que el refugio se había quedado sin motor: la tarde del sexto día y el octavo hasta la hora y media de la cena.

—Con catorce bajo cero fuera y sin radiadores, el dormitorio pequeño y el pasillo se ponen a ocho bajo cero en la tercera noche. El comedor no, porque tiene la estufa: seis o siete sobre cero si no dejamos de meterle leña. La casa se nos queda en una habitación.

—Entonces dormimos los nueve en esta habitación —dijo Idoia—. En el lado de levante, lejos del tabique de poniente. Sacos en las puertas del pasillo y en la del cuarto del generador. Y el aparato de Fani se queda aquí, en la mesa, encendido, porque la estufa también quema y su cañón sale por el otro faldón: quiero verlo en una pantalla y no en el dolor de cabeza de nadie.

A la una y diez cerró el cuarto del generador con llave. Sabino Amantegui se levantó del banco, cruzó el comedor y dejó encima de la mesa larga la suya, la de 2013, la que nadie le pidió cuando lo cesaron.

Idoia se guardó las dos llaves en el bolsillo del delantal y lo apuntó en el libro de firmas, el registro obligatorio del club, con letra grande y delante de las nueve personas: «13:10. Generador parado hasta el día doce. Dos llaves, las dos aquí. Quedan 95,7 litros y no se van a quemar. Cuatro noches los nueve en el comedor. Radio: dos baterías».