
De la última página que hayas leído, elige el párrafo que de verdad te importa y dilo en voz alta. Uno por página, no la página entera. Ese párrafo dicho se reconoce después unos diez puntos mejor que el que has leído callado: diez respuestas más de cada cien, que no es lo mismo que un diez por ciento de mejora.
Eso es todo el método. El equipo de Colin MacLeod, en la Universidad de Waterloo, lleva desde 2010 midiendo lo que llamaron el efecto de producción: en las pruebas de memoria, las palabras y las frases que el sujeto ha leído en voz alta se recuerdan mejor que las que ha leído sin pronunciarlas. No hace falta material ni aplicación. Solo decirlo.
Pero tiene una trampa, y es la razón por la que probablemente no te ha funcionado nunca.
El efecto vive del contraste. En los experimentos, el sujeto lee unas cuantas cosas en voz alta y el resto para dentro, y lo que se mide es la diferencia entre esas dos mitades. Cuando se hace leer TODA la lista en voz alta, los diez puntos se quedan en prácticamente cero. Quien se pone a leer el capítulo entero recitando acaba con la garganta seca y con la misma retención que leyendo normal, y además tarda el doble.
Así que la instrucción práctica tiene bastante más letra pequeña que «lee en voz alta». Va entera:
Lee el texto seguido y a tu ritmo, sin pronunciar nada. Al acabar cada página, decide qué es lo único que tendrías que poder repetir si alguien te preguntara mañana: una definición, una cifra con su unidad, el nombre de quien hizo algo, el paso que se te olvida siempre. Marca ese trozo y ninguno más.
Dilo entonces en voz alta, tú, con tu propia voz y a velocidad de hablar, mirando el papel. Que se te oiga. Susurrar y mover los labios sin sonido también sirve, pero menos, y una grabación de tu voz o la voz de otra persona leyéndotelo sirve todavía menos: lo que cuenta es que lo produzcas tú.
Y añade el gesto que multiplica lo anterior sin costar nada: después de decirlo mirando el texto, aparta la vista y dilo otra vez de memoria. La primera pasada es producción; la segunda es recuperación, que es el otro mecanismo con evidencia sólida detrás.
Tres avisos para que no lo estropees. Si el trozo elegido pasa de cinco o seis líneas, ya no estás eligiendo. Si te sale una vocecilla de recitar, bájala a voz de contar algo, porque lo que se recuerda es el acto de hablar y no la entonación. Y si estás en un vagón o en una biblioteca, mover los labios articulando de verdad te deja la mayor parte del efecto y no te deja en evidencia.
Esta noche, con lo que tengas entre manos —un manual, un contrato, un tema de examen, las instrucciones del horno nuevo—, haz solo esto: una página, un párrafo, dos veces en voz alta, la segunda sin mirar.