Curiosidad · Del catálogo de Margen
Una nave de 125 millones se perdió por unas libras

Pasadena, 23 de septiembre de 1999: la sala de control aguardaba una señal que debía reaparecer por detrás de Marte y no volvió nunca. La Mars Climate Orbiter era un orbitador construido para estudiar el clima marciano y había costado unos 125 millones de dólares: el precio de la nave, sin el cohete ni los nueve meses de control desde tierra. Se perdió porque un programa escribía el impulso de sus motores en libras-fuerza segundo y otro lo leía como si fueran newtons segundo.
Unos minutos antes del apagón, la sonda había encendido su motor principal para frenar. Llegaba demasiado deprisa para quedarse alrededor de Marte: necesitaba perder velocidad y dejar que la gravedad del planeta la capturase. Durante la maniobra tenía que pasar por detrás del disco marciano, y las antenas terrestres iban a perder la señal en ese tramo para recuperarla al otro lado.
La trayectoria prevista la llevaba a unos 226 kilómetros sobre la superficie, poco más de la mitad de la altura a la que da vueltas la Estación Espacial Internacional alrededor de la Tierra. Los cálculos reconstruidos después situaron el paso real cerca de los 57. La estructura no aguantaba por debajo de unos 80. A esa altura, la atmósfera marciana pudo deshacerla por calentamiento y fuerzas aerodinámicas o hacerla rebotar hacia una órbita imposible de recuperar.
Semanas antes de aquel encendido ya había una pista. Los navegantes del Laboratorio de Propulsión a Chorro, el centro de la NASA en Pasadena que dirige sus misiones robóticas, veían que las trayectorias calculadas no acababan de cuadrar con la posición medida. Lo dijeron. Hubo conversaciones entre especialistas y se intentó entender por qué las correcciones pequeñas producían un efecto distinto del esperado. Nadie abrió un informe formal de anomalía, el documento que habría obligado a registrar el problema, ponerle responsables y comprobarlo hasta cerrarlo.
Cada desviación suelta parecía diminuta. Los propulsores auxiliares se encendían un instante para descargar las ruedas de reacción, los volantes que orientan la nave sin gastar combustible, y esas descargas ocurrieron entre diez y catorce veces más a menudo de lo que el equipo de navegación había previsto. El programa de tierra de Lockheed Martin, el contratista que construyó la sonda en Denver, medía el impulso de esos empujones —la fuerza multiplicada por el tiempo que dura— en libras-fuerza segundo. El programa de navegación del JPL recibía el número y lo trataba como newtons segundo. Una libra-fuerza son 4,45 newtons: cada descarga entraba en la contabilidad 4,45 veces más pequeña de lo que había sido en realidad. La junta que investigó el accidente, la Mars Climate Orbiter Mishap Investigation Board, publicó la primera parte de su informe el 10 de noviembre y repartió la culpa entre dos equipos a los que nadie había obligado a comprobar en qué unidades hablaban.
Nueve meses antes, la diferencia no había tenido tiempo de acumularse. La sonda salió de Cabo Cañaveral, la base espacial de Florida, el 11 de diciembre de 1998 y viajó 286 días. Descarga a descarga, ese error de contabilidad fue torciendo poco a poco el corredor de llegada.
La especificación de la interfaz pedía newtons segundo desde el primer día; el programa de tierra nunca llegó a cumplirla. Setenta y un días después de perder el orbitador, el 3 de diciembre de 1999, la NASA perdió también el Mars Polar Lander, el módulo hermano del mismo programa, lanzado tres semanas más tarde para posarse en la superficie; aquel se estrelló por una causa distinta.