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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Cuando los libros vivían encadenados

Antes de la imprenta, un libro era un objeto de lujo extremo: copiarlo a mano podía llevar meses o años, y el pergamino salía de pieles de decenas de animales. Perder un ejemplar era perder una fortuna.

La solución de muchas bibliotecas europeas fue literal: encadenar los libros. Cada volumen llevaba una cadena fijada a la cubierta y a una barra de la estantería, lo bastante larga para leerlo en el atril, lo bastante corta para que no saliera de la sala.

La mejor conservada está en la catedral de Hereford, en Inglaterra: cientos de volúmenes siguen hoy sujetos con sus cadenas originales, colocados con el lomo hacia dentro para que la cadena no se enredara al sacarlos.

Las cadenas solo se retiraron cuando la imprenta abarató tanto los libros que ya no compensaba robarlos. La confianza llegó con el precio.