
Cervantes llevaba años prometiendo la segunda parte del Quijote cuando, en 1614, se le adelantó un impostor. Alguien que firmaba como Alonso Fernández de Avellaneda —nunca se ha sabido quién era en realidad— publicó su propia continuación, con insultos al autor incluidos en el prólogo.
Cervantes respondió desde dentro de la novela. En su segunda parte auténtica, de 1615, don Quijote se entera de que circula un libro falso sobre él y, para desmentirlo, cambia de planes: en vez de ir a Zaragoza, como hacía el impostor, pone rumbo a Barcelona.
Aún hay más: Cervantes mete en su novela a un personaje del libro falso, Álvaro Tarfe, y le hace firmar ante notario que el don Quijote verdadero es el suyo.
Cuatro siglos después, el falso Quijote solo se recuerda por una cosa: la respuesta que provocó.