Por capítulos · Las 96 colmenas de Sorbeda · Del catálogo de Margen
Rosalía avisa: el camión se lo lleva todo el día 30

Antes: Elsa Trigo, apicultora, heredó 96 colmenas. Once guardan cajas con semillas, y la orden de quema de 1994 la firmó su tío Ovidio.
Quedan sesenta colmenas por revisar y son las once y media cuando Elsa entra en el bar de la plaza con la carpeta del archivo bajo el brazo. Rosalía Nevado, presidenta de la junta vecinal, ha ocupado la mesa del fondo con cuatro montones de papel y una almohadilla de tinta.
—Ahí no, que está fresco —dice Rosalía sin levantar la vista, y sella la esquina de un impreso—. ¿Vienes por lo del monte?
—Vengo a preguntarte si puedo quedarme once colmenas.
Rosalía deja el sello.
—Once.
—Once.
—Explícamelo despacio, que yo el día 30 tengo un camión.
El puerto de la sierra se alquila entero y por temporada, le dice, de agosto a octubre, para los diecinueve apicultores del término. Un camión, uno solo, el de Nemesio Braña, que es el transportista de la ribera y sube a las siete de la mañana del día 30 y hace un viaje. Se apalabró en marzo. La junta paga el pasto por adelantado, vaya lo que vaya en el camión.
—Y si el camión no sube el 30 —añade Rosalía—, el pasto lo pierde el pueblo entero, porque el ganadero de arriba tiene la palabra dada a unos de León para el día uno. Yo no soy tu enemiga. Yo soy la que firma.
—Yo no discuto el viaje —dice Elsa—. Discuto once cajones.
—Ya.
Rosalía saca una hoja de uno de los montones y la pone del derecho delante de ella.
—Mira esto antes de discutir nada.
Es una guía de traslado, el papel que autoriza a mover colmenas de un municipio a otro, con el membrete del servicio provincial de ganadería. Número de explotación, origen, destino, fechas. En el cuadro del medio, a bolígrafo y repasado dos veces: colmenas, 96. Abajo, la firma del veterinario responsable, Amaro Cid, y la fecha del martes pasado.
—Esa guía vale para lo que pone —dice Rosalía—. Si en el registro hay noventa y seis y suben ochenta y cinco, el número no cuadra, y el que responde no eres tú: es Amaro. Para cambiarlo hay que pedir guía nueva, con inspección, y él tiene que volver a venir y volver a firmar.
—Pues que venga.
—Pídeselo tú. —Rosalía la mira por primera vez—. Yo llevo dos años pidiéndole papeles y los firma cuando le parece. Por cierto, el lunes preguntó por ti en la puerta del consultorio. Preguntó si habías subido ya al colmenar.
Elsa no contesta a eso.
—Rosalía, si el camión sube las noventa y seis, ¿qué pasa con lo que hay dentro?
—Nada. Eso es lo bueno de una colmena.
—No te estoy preguntando eso.
Rosalía se limpia la tinta del pulgar con el paño de la barra y tarda un momento en contestar.
—A ver. Nemesio llega de noche, las precinta con la piquera cerrada, las carga en palés de a cuatro, las ata con cinchas y las sube. Nadie abre una colmena en un camión. Ni en el camión, ni en el puerto, ni el primer día ni el último: se abren cuando se abren, y este año se abren en octubre, cuando bajen. Si dentro llevas miel, llevas miel. Si llevas otra cosa, llevas otra cosa. Va todo dentro y va precintado.
—Octubre.
—Octubre. El puerto está a cuarenta kilómetros y a mil quinientos metros de altura, y hasta que no afloje el calor no se toca nada de nada.
Elsa tiene encima de las rodillas la carpeta que ha sacado esta mañana del archivo agrario, con la fotocopia que no le han dejado hacer y las notas que ha tomado a mano, y no la abre. Piensa en once cajas de madera precintadas con cera, numeradas del uno al once, subiendo a mil quinientos metros dentro de once colmenas que nadie va a abrir hasta que ella lleve dos meses sin poder tocarlas.
—¿Y no puedes retrasar el camión una semana?
—Puedo intentarlo.
Rosalía vuelve a coger el sello, y por el gesto se ve que ya ha hecho la cuenta.
—Pero te lo digo ya: Nemesio tiene los cuatro pueblos de la ribera esa misma semana, y la junta firmó el 30. —Da la vuelta a la hoja y le señala la última línea con la uña—. Aquí lo pone. Día 30, siete de la mañana, noventa y seis colmenas, contenido no inspeccionado. Sube todo lo que haya dentro, Elsa. Lo tuyo también.