
Apagar la luz era lo único que un guardafaros no debía hacer jamás. La luz era la promesa: mientras girara, los barcos sabían dónde no estaba la muerte.
—¿Quién eres? —preguntó Una al micrófono, y le tembló menos la mano de lo que esperaba.
Hubo un silencio largo, del tamaño del Atlántico.
—Soy el que llega esta noche —dijo la voz—. Y solo puedo entrar si el faro está a oscuras.
Una miró la escalera de caracol que subía hacia la linterna. Ciento veinte escalones. Por primera vez en años, no supo si subía para encender algo o para apagarlo.