
Allen Lane volvía de pasar el fin de semana en casa de Agatha Christie cuando, en la estación de Exeter, buscó algo que leer para el viaje. Solo encontró revistas y reediciones baratas de novelones victorianos. Los libros buenos existían, pero eran caros, de tapa dura y de librería elegante.
Su idea fue tratar el libro como un producto de consumo: ediciones de bolsillo de autores de calidad —Hemingway o la propia Christie entre los diez primeros títulos— a seis peniques, lo que costaba entonces un paquete de tabaco. Las vendería en estaciones y grandes almacenes, no solo en librerías.
Así nacieron los Penguin en 1935. El sector predijo la ruina; en el primer año se vendieron unos tres millones de ejemplares.
La lectura de masas no nació en una biblioteca: nació en el andén de una estación.