
Catalina de Erauso nació en San Sebastián hacia 1592 y su familia la metió en un convento de niña. A los quince años se escapó, se cortó el pelo, se cosió ropa de hombre con la tela del hábito y desapareció.
Reapareció al otro lado del Atlántico como soldado del Imperio. Combatió en Chile, ascendió a alférez y se ganó fama de espadachina peligrosa. Nadie sospechó nada durante casi dos décadas, hasta que ella misma, acorralada tras una pelea, confesó su historia a un obispo.
Lejos de acabar en un calabozo, se convirtió en celebridad. Felipe IV le concedió una pensión militar por sus servicios y el papa Urbano VIII la recibió y le dio permiso expreso para seguir vistiendo de hombre.
Terminó sus días en México, arreando mulas bajo el nombre de Antonio de Erauso. Todo esto, en pleno siglo XVII.