Relato · Del catálogo de Margen
A las 17:02 sacan a los niños por la puerta de poniente

A las 17:02 los niños del colegio de Arenillas salen por la puerta de poniente, que no se usa nunca porque da a un descampado. Salen de dos en dos y de la mano, extrañados, porque es la primera vez en el curso. El patio de atrás, el del cemento pintado con un campo de balonmano, no tiene a nadie dentro. Encima del patio, a la altura de la cuarta planta del edificio de al lado, dos agentes de la policía local miran hacia arriba con las manos en la cintura y uno de ellos señala con el dedo. Uno de los dos agentes habla por la radio del coche y el otro ha puesto cinta de obra entre dos farolas, doce metros de acera, para que nadie pase por debajo del andamio. La monitora de la extraescolar, Nerea, los cuenta en la acera: veintidós.
A las 17:00 Nerea ha contado veintidós cabezas en el pasillo, antes de salir. Le han cambiado la puerta a mitad de curso y nadie le ha explicado por qué.
A las 16:58 la red verde del andamio de la fachada norte se hincha y se deshincha con la racha. Los dos anclajes de la cuarta planta están sueltos: dos tornillos a la vista, uno con la tuerca a mitad de rosca. Un anclaje sujeta el andamio contra la fachada; sin los dos de esa planta, el bastidor trabaja en voladizo. El tubo se separa doce centímetros de la pared y vuelve.
A las 16:55 Ximena Orbaiz, jefa de obra, cuelga el teléfono de la caseta y tacha una línea del parte. La planta de hormigón se lleva de vuelta los cuatrocientos litros que quedaban en el camión. Mañana habrá que picar la junta del zuncho —el cinturón de hormigón que cierra la planta por arriba— y dejarla a junta seca para empalmar: una mañana de martillo, dos peones y el estructurista, el ingeniero que firma que la estructura aguanta, encima. Lo apunta, pone la hora y no discute consigo misma.
A las 16:50 Odón baja los ciento setenta y dos peldaños de la grúa y tarda nueve minutos. Abajo, Ximena está apoyada en la valla de la parcela, mirando hacia arriba, hacia el andamio de al lado, y no hacia su propia obra.
—¿Desde cuándo lo veías?
—Desde las cuatro. Pero hasta que no se hinchó la red no supe que era eso.
A las 16:38 Odón Berganza, gruista de cincuenta y ocho años, lee setenta y seis en el anemómetro de la pluma. El manual de la máquina dice setenta y dos. Suelta el freno de giro, deja la carga a cero, sube el gancho y la grúa empieza a girar sola, buscando el viento como una veleta, que es lo que tiene que hacer. Desde arriba ve el patio sin un niño.
A las 16:31 Ximena ha llamado al colegio. Ha hablado con Teófilo Vicario, conserje, que tiene la llave de la puerta de poniente y que lleva once años pidiendo que se use para algo. Teófilo no ha preguntado por qué: ha dicho «dame diez minutos» y ha ido a buscar la llave, que está en el armario de la calefacción y en un llavero con una etiqueta que pone PONIENTE (NO ABRIR) escrita por él mismo en 2015. Después ha llamado a la policía local. No ha llamado a la obra de al lado, porque el número del cartel de la obra de al lado es el de una oficina que cerró en marzo.
A las 16:26 Odón está a treinta y ocho metros con cuatrocientos litros de hormigón colgando a treinta y dos metros de radio, y es el único de los veintiséis trabajadores del sector 3 que puede ver la fachada norte del edificio vecino. Lo dice por el canal 4, con el cubilote en el aire:
—Ximena, no subas a nadie a la bandeja. Y apunta esto, que yo no lo puedo enseñar desde aquí: el andamio de al lado tiene los anclajes de la cuarta sueltos y la red está hinchada como una vela. Y debajo hay un patio de colegio.
A las 16:19 Odón pide parar por escrito. Lo dice formal, para que se apunte: paro el vertido y pongo la máquina en veleta. Sesenta y seis arriba, dice. La estación de la obra, que está a cuatro metros del suelo, marca sesenta y uno.
A las 16:10 Ximena no le deja parar. Le repite por el canal, con la hora y el nombre, que el gerente de la promotora Pedregal Sur ordena seguir vertiendo hasta agotar el camión. Es lo que acaba de oír por teléfono y lo dice tal cual.
A las 16:08 la discusión de verdad dura dos minutos y es de números. Ella: el camión amasó a las quince veintiuna, el hormigón tiene noventa minutos desde el amasado, a las dieciséis cincuenta y uno son escombro, y si quedan once metros de zuncho sin verter la junta se queda a medias. Él: cuatrocientos litros a treinta y dos metros de radio con la pluma de cara al viento, y la carta de carga no es el problema, porque la carta da mil cuatrocientos kilos y la carga son mil ciento cuarenta. El problema es que el viento empuja de lado y el giro, con viento de cara, llega tarde.
—Entonces baja el cubilote tú —le dice él.
—Odón.
—Lo digo en serio. Yo no lo bajo contento y quiero que eso lo sepas antes de que te lo baje.
A las 16:02 Ximena abre el canal 4 y le pregunta a Odón qué marca el anemómetro. Cincuenta y cuatro de racha, dice él. La media va en cuarenta y uno.
A las 15:50 la bomba de hormigón revienta un latiguillo y el bombista se va con el camión a Nájera. No hay otra bomba a menos de cuarenta kilómetros. Lo que iba a ser medio hormigonado de seis minutos pasa a ser cinco cubilotes de cuatrocientos litros colgados de la grúa de Odón, de uno en uno.
A las 15:30 el motivo por el que ese zuncho tenía que cerrarse hoy y no mañana cabe en una línea del parte y lo había escrito Ximena por la mañana: el estructurista pasa el lunes a las nueve a autorizar el forjado de la planta siguiente, y con la junta a medias no autoriza nada. Tres días de parón para once metros de hormigón.
A las 15:21 el camión amasa en la planta. A partir de ese minuto empiezan a contar los noventa.
A las 14:20 en el colegio de Arenillas, la extraescolar de balonmano de los jueves apunta veintidós niños de ocho a diez años, de cinco a seis de la tarde, en el patio de atrás. La hoja está colgada en el tablón de la entrada desde septiembre y la firma la asociación de familias. Nadie de la obra del sector 3 la ha visto nunca.
A las 13:45 la agencia estatal de meteorología firma el aviso amarillo: rachas de hasta ochenta en el valle a partir de las diecisiete. El aviso llega al correo de la obra a las trece cuarenta y ocho. A las trece cuarenta y ocho Odón está comiendo en la cabina, con el móvil en el bolsillo del pantalón y sin cobertura, porque arriba no hay.
A las 12:40 Odón firma el libro de la grúa en la caseta. Anota, como todos los días, la hora de subida, el viento del momento —dieciocho— y una casilla que dice «observaciones», en la que no escribe nunca nada. Se pone el arnés para subir. Son ciento setenta y dos peldaños y los sube despacio, parando en la tercera plataforma, porque hace catorce años le pusieron dos tornillos en una rodilla.
A las 12:38 en la acera, entre la obra del sector 3 y el edificio de al lado, Odón se cruza con el montador del andamio vecino, un hombre de Bilbao al que todo el mundo llama Patxi y que se apellida Olabarri. Está metiendo tubos en una furgoneta que tiene en doble fila, con el intermitente puesto, y le queda media hora para irse.
—¿Te vas ya? —le dice Odón.
—Mañana a primera hora subo a apretar los de la cuarta. Hoy no me da el día.