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Relato · Del catálogo de Margen

La última carta de mi madre

Mi madre murió un jueves y el viernes empecé a recibir sus cartas. Una cada mañana, en el buzón, con su letra inclinada de maestra. No hablaban del pasado. Me contaban, con una semana de adelanto, exactamente lo que iba a pasarme.

La primera decía: «El lunes se te va a estropear la lavadora. No llames al de siempre, que te cobra de más. Llama a Andrés, el del bajo». El lunes la lavadora inundó la cocina. Llamé a Andrés. Me cobró la mitad.

Las guardé todas en una caja de galletas, como ella guardaba las suyas. Al principio las temía. Después las esperaba con una avidez que me daba vergüenza: eran lo único que me quedaba de su voz, y encima venían con instrucciones. «No cojas ese trabajo, hija, te va a comer por dentro». «Perdona a tu hermano antes del día 14, que después será tarde». «El médico te va a asustar con una palabra larga; no es nada, hazte la segunda prueba». Le hice caso en todo. Nunca se equivocó.

Durante meses viví así, con mi madre un paso por delante de mi vida, guiándome desde el otro lado del buzón. Aprendí a no adelantarme, a no abrir dos cartas el mismo día, a confiar. Era, aunque suene terrible decirlo, la época en que más cerca la sentí.

Hasta que llegó la carta que no quería llegar.

Era más corta que las demás. Decía: «Cariño mío, esta es la última. Se me acaba lo que sabía. A partir de aquí ya no puedo verte el camino: tendrás que andarlo tú sola, que para eso te crié. Dos cosas antes de soltarte la mano. La primera: no tengas miedo, lo has hecho siempre mejor de lo que crees. La segunda, y perdóname por no habértelo dicho en vida: las cartas nunca las escribí después de morirme. Las escribí todas aquel último invierno, en el hospital, cuando ya sabía cómo terminaba la historia. Le pedí a Andrés, el del bajo, que te echara una cada mañana. No era magia, hija. Era una madre haciendo las cuentas de cuánto la ibas a necesitar».

Bajé al bajo. Andrés me abrió con los ojos rojos y una caja de zapatos vacía en las manos.

—Se me han acabado —dijo—. Me hizo prometer que no fallara ni un día. Perdona que no te lo contara. Quería que las leyeras como si vinieran de ella.

—Venían de ella —le dije.

Esa noche no llegó ninguna carta, ni la siguiente mañana, ni nunca más. Pero por primera vez desde el jueves en que murió, no me sentí sola en la cocina. Había aprendido a oír su voz. Ahora solo tenía que seguir usándola yo.