Relato · Del catálogo de Margen
Celia apunta a la Polar y Ekain se queda sin la foto

Cuarenta y seis personas hacían fila en el alto de Beortegi a las once y veinte de la noche, y el telescopio todavía no apuntaba a ninguna parte.
El cartel de las fiestas lo había escrito Celia Amunárriz, conductora de autobús escolar, con rotulador verde y sin consultar a nadie: SATURNO Y SUS ANILLOS. ALTO DE BEORTEGI, 23.00. GRATIS. TRAED ABRIGO. Celia compró el telescopio y su montura de segunda mano en 2019, por cuatrocientos ochenta euros, a un hombre de Tudela que los tenía en un garaje con una manta encima, y desde entonces hace las noches públicas del grupo porque es la única que está dispuesta a pasar cuatro horas de pie a nueve grados explicando lo mismo cuarenta veces.
Ekain Arakama, veinticuatro años, repartidor de día y el que lleva las cuentas del grupo en internet, estaba de rodillas detrás del tubo con una cámara enroscada donde debería estar el ocular.
—Celia, no está puesta.
—Está puesta.
—Está puesta a ojo.
—Está puesta como se pone.
Una montura ecuatorial —el soporte con dos ejes sobre el que descansa el tubo— solo sirve para una cosa: girar a la misma velocidad que gira la Tierra, pero al contrario, para que una estrella se quede quieta en el ocular en vez de escaparse por el borde. Y para eso su eje tiene que apuntar al eje de la Tierra prolongado hasta el cielo, que es un punto y se llama polo celeste. Lo que casi todo el mundo cree, y es lo que hace que estas discusiones duren hasta la una, es que ese punto es la estrella Polar.
No lo es. La Polar está a dos tercios de grado del polo y da una vuelta alrededor de él cada día, igual que todas las demás; lo que la distingue es que su vuelta es tan pequeña que a simple vista parece clavada. Dos tercios de grado son cuarenta minutos de arco, algo más que la anchura de la Luna llena. En un ocular de ciento veinte aumentos eso no se nota. En una fotografía de noventa segundos se nota tanto que las estrellas salen como rayitas.
—Mi aplicación dice que el polo está aquí. —Ekain levantó el móvil.
—El atlas del grupo dice que está aquí. —Celia sacó del bolsillo interior una hoja plastificada, arrancada de un Atlas del cielo de 1979, con una cruz hecha a bolígrafo Bic y una fecha al lado.
Los dos tenían razón, y ahí estaba la gracia del asunto, aunque ninguno de los dos la viera a las once y veinte.
El eje de la Tierra está inclinado veintitrés grados y medio y no se queda quieto: describe un cono lentísimo y tarda unos veinticinco mil setecientos setenta y dos años en cerrarlo. Visto desde abajo: el polo celeste se desplaza por el cielo un grado cada setenta y dos años. El atlas de Celia tiene cuarenta y siete años. La cruz de bolígrafo está donde estaba el polo cuando se imprimió, y hoy el polo está a dos tercios de grado de allí. Exactamente el mismo error que cometería Ekain apuntando a la Polar y quedándose tan ancho.
—Nos llevamos media hora —dijo una mujer desde la fila, sin ninguna intención de molestar—. ¿Hay que esperar mucho?
—Dos minutos —dijo Celia.
—Dos minutos nos ha dicho hace veinte.
Detrás de ella, un hombre con un anorak de la peña explicó en voz alta que su padre ponía el telescopio mirando a la Estrella del Norte y que con eso bastaba. Tenía toda la razón del mundo, y Celia se lo dijo: para mirar, basta. Para mirar basta incluso con no alinear nada, porque uno empuja el tubo con la mano y lo vuelve a centrar cada medio minuto. El hombre se quedó satisfecho y se calló, que es lo único que Celia quería de él.
A las once y treinta y cinco Ekain seguía con el móvil en una mano y la llave Allen en la otra.
—Si lo pongo bien, en una hora tengo una foto que se puede publicar.
—Si lo pones bien, en una hora se han ido treinta personas y el año que viene vienen cuatro.
—Vendrán más si ven la foto.
—Vendrán más si esta noche miran por el tubo. —Celia le quitó la llave de la mano, no de malas maneras—. Mira, hacemos una cosa. Ahora lo pongo a la Polar, que es lo que necesito para que esta gente mire, y pasa la fila. Cuando la fila acabe, lo alineas tú como quieras y haces tu foto.
—Sobre la una se me cierra el tubo de rocío. Lo tengo medido: nueve grados y bajando.
—Pues ya sabes cuánta fila nos queda.
Lo apuntó a la Polar en cuarenta segundos, con la mejilla en el buscador. Después bajó el tubo al sureste, encontró el planeta sin dudar, metió el ocular de doce milímetros, enfocó, se apartó y dijo lo que dice siempre:
—Ahí está. No toques nada y mira con el ojo izquierdo si eres derecho, que se ve mejor.
La primera fue la mujer que había preguntado. Se agachó, miró cuatro segundos y dijo:
—¿Eso es?
Ekain apuntó en el dorso de la mano una rayita, que es lo que había decidido apuntar cada vez que alguien dijera «¿eso es?». Aquella fue la primera de la noche, y la cuenta no era por maldad: era el único asunto en el que los dos estaban de acuerdo, y lo habían discutido ya en junio, cuando se imprimió el cartel.
Porque los anillos de Saturno, esta temporada, son una raya.
El plano de los anillos es finísimo —unos diez metros de espesor para doscientos ochenta mil kilómetros de ancho— y está inclinado respecto a la órbita del planeta. Dos veces cada vuelta de Saturno alrededor del Sol, o sea dos veces cada veintinueve años y medio, ese plano se pone de canto justo en nuestra dirección y los anillos desaparecen de un telescopio pequeño. La última vez fue en marzo de 2025. Desde entonces se están volviendo a abrir, pero despacio, y lo que se ve ahora es una línea recta que atraviesa el disco y dos puntas que sobresalen un poco a los lados.
Le pasó también a Galileo, que es la mejor manera de contárselo a alguien que acaba de decir «¿eso es?». En 1610 apuntó su tubo a Saturno y escribió que el planeta tenía dos acompañantes pegados a los lados, uno a cada lado, como dos orejas. En 1612 volvió a mirar y las orejas no estaban. No entendió nada y lo dejó escrito.
—Es que yo venía por los anillos —dijo un chico de unos diez años, con una honestidad que no admitía respuesta.
—Ya. Y los has visto. —Celia le hizo sitio otra vez en el ocular—. Lo que estás mirando es el canto. Si vuelves cuando tengas dieciséis años, los verás abiertos del todo y te vas a acordar de esta noche con rabia.
A las doce y cuarenta pasó la última persona de la fila, que era el hombre del anorak de la peña, repitiendo. En el dorso de la mano de Ekain había treinta y ocho rayitas. A las doce y cuarenta y uno pasó ese dorso por la lámina del tubo y lo sacó mojado, con las rayitas corridas, y no había llegado a desenroscar la cámara.
—No me ha dado tiempo.
—No.
—El año que viene lo alineo yo a las nueve y la fila empieza a las once.
—El año que viene lo alineas tú a las nueve. —Celia estaba ya plegando el trípode—. Y pones en el cartel lo de la raya.
Cogió la tiza del bolsillo del plumas y escribió en la pizarrilla verde que el grupo cuelga de la mesa plegable, debajo de donde todavía decía SATURNO Y SUS ANILLOS, las tres cifras de la noche: 46 personas, 1 planeta, 0 anillos. Luego borró el cero con el pulgar y escribió, en su lugar, una raya.