
El piano del tercero sonaba cada noche a las once y media. Siempre la misma pieza, lenta, de dos manos prudentes, y siempre se detenía en el mismo compás, como quien llega a un charco y no se atreve a cruzarlo.
Tardé meses en darme cuenta de que yo contenía la respiración justo ahí, esperando unas notas que no llegaban nunca.
Una noche de junio, subiendo la escalera a oscuras, se me escapó silbando la continuación: seis notas, las que a mí me parecían obvias. El piano calló de golpe. Me metí en casa con la cara ardiendo, como si hubiera hablado en un entierro.
A la noche siguiente, a las once y media, la pieza empezó de nuevo. Llegó al charco. Lo cruzó con mis seis notas, exactas, y siguió hasta un final que yo no conocía.
No ha vuelto a sonar. A veces, subiendo la escalera, la silbo entera yo. Por si ahora es otro el que espera.