Mi hermano y yo dejamos de hablarnos por una tontería, de esas que uno ya no recuerda pero defiende. Diez años sin una palabra, cada uno en su ciudad, cabezotas como nuestro padre.
Lo único que nunca fallaba era el mensaje de cumpleaños. Un «felicidades» seco, sin firma, a las ocho de la mañana. Nada más. Pero puntual, año tras año, como quien deja una luz encendida en una casa vacía por si alguien vuelve.
Este año llegó a las ocho en punto, como siempre. Lo leí sonriendo. Y entonces me acordé de que mi hermano había muerto en marzo, y de que era yo quien había ido, en abril, a vaciar su móvil.
Lo tenía programado. Diez mensajes más, uno por cada uno de mis próximos diez cumpleaños, escritos de golpe una noche cualquiera. No había sabido decirme que me quería en toda una década. Pero había encontrado la manera de decírmelo otras diez veces, cuando ya no estuviera para que yo se lo discutiera.