← Todas las lecturas

Curiosidad · Del catálogo de Margen

Los bajau tienen el bazo un 50 % mayor, buceen o no

Cincuenta por ciento más grande. Esa es la diferencia que la genetista Melissa Ilardo encontró en 2015 entre el bazo de los bajau —un pueblo de pescadores de la isla de Célebes, en Indonesia, que durante generaciones ha vivido embarcado— y el de los saluan, sus vecinos de tierra adentro. Y el detalle que convierte la medición en hallazgo: dentro del propio pueblo, el bazo sale igual de grande en quien bucea a diario y en quien no se ha metido nunca en el agua.

El bazo es un órgano del tamaño de un puño, debajo de las costillas izquierdas, que entre otras cosas hace de almacén: guarda glóbulos rojos cargados de oxígeno. Cuando aguantas la respiración se contrae y suelta esa reserva al torrente sanguíneo. En una persona cualquiera eso sube el hematocrito —la proporción de glóbulos rojos en la sangre— hasta un 9 %. Un bidón de oxígeno de emergencia que se abre solo.

Los bajau llevan generaciones viviendo de eso. Bucean a pulmón con gafas de madera y lastres de piedra, bajan a decenas de metros a arponear pescado y a recoger pepinos de mar, y pasan bajo el agua hasta el 60 % de su jornada de trabajo: en un día largo, cinco horas de inmersión sumadas.

La explicación obvia era el entrenamiento. Igual que correr agranda el corazón, bucear agrandaría el bazo. Ilardo, entonces doctoranda, viajó tres veces a Jaya Bakti, un poblado bajau de Célebes central, con un ecógrafo portátil, y midió el bazo de todos los que se dejaron.

Salieron iguales.

El bazo grande no lo construye el oficio: viene de serie. El que atiende la tienda, el que trabaja la madera y el que no se moja los pies tienen el mismo bazo descomunal que el mejor arponero del poblado. Los saluan viven a unos kilómetros y comparten mercado, clima y comida.

Cuando el equipo buscó la huella en el ADN, apareció un sospechoso: una variante del gen PDE10A, muchísimo más frecuente entre los bajau que entre sus vecinos y asociada al tamaño del bazo. En ratones, ese gen interviene en la regulación de la hormona tiroidea, que a su vez controla cuánto crece el órgano. Apareció también BDKRB2, relacionado con la vasoconstricción periférica: el reflejo que al sumergirte cierra el riego de brazos y piernas para dejar la sangre donde hace falta.

El trabajo se publicó el 19 de abril de 2018 en Cell, una de las revistas con más peso de la biología y fue el primer caso documentado de una población humana adaptada genéticamente a bucear. Los ejemplos de manual eran hasta entonces la altura en los tibetanos y la leche de adulto en media Europa. Ninguno iba de aguantar sin respirar.

Y los bajau están dejando de bucear. Llevan un milenio largo embarcados, pero sus barcos se quedan cada vez más en el muelle: los gobiernos de la región los han ido sedentarizando y en muchos sitios la pesca con compresor —aire bombeado desde arriba por una manguera— ha sustituido al pulmón. El órgano que Ilardo acababa de medir se está quedando sin trabajo.

En Jaya Bakti, mientras tanto, el bazo sigue saliendo un 50 % más grande también en quien no ha buceado nunca.