Curiosidad · Del catálogo de Margen
Vendió a 3,95 dólares una piedra con manual de trucos

La ficha del producto cabe en una línea: un canto rodado de playa, 3,95 dólares de 1975, unos veinticuatro de hoy. Dentro de la caja, un lecho de viruta y un manual de adiestramiento de veinte páginas. La piedra la compraba Gary Dahl, publicista por cuenta propia en Los Gatos, California, a una empresa de arenas y gravas que las traía de la playa de Rosarito, en Baja California, por menos de un céntimo la unidad. Liso, gris, del tamaño de un huevo. Sin partes móviles. Sin batería.
La piedra viajaba en una caja de cartón con asa, igual que las de llevar al gato al veterinario, con agujeros de ventilación recortados en un lado y un lecho de viruta dentro. La ventilación es, en rigor, innecesaria.
Y luego venía el manual. Se titulaba «El cuidado y adiestramiento de su piedra de compañía» y estaba escrito con la cara de palo de una guía de cría seria, con capítulo de obediencia y capítulo de trucos. El truco que más gustó a los compradores fue «hacerse el muerto», que la piedra ejecuta con una fiabilidad que ningún perro iguala.
La idea salió de un bar de California en la primavera de 1975, con unos amigos de Dahl quejándose de sus mascotas: la comida, los pelos, el veterinario, el sofá mordido. Dahl les contestó que la suya era una piedra y que no le daba ni un problema. Se fue a casa y escribió el manual.
Lo presentó en la feria del regalo de San Francisco en agosto de 1975. En la punta de la campaña de Navidad calculaba que salían hasta cien mil piedras al día. En unos meses vendió entre 1,3 y 1,5 millones, con los noventa y cinco centavos de beneficio por unidad que él mismo declaró, y se hizo millonario vendiendo un material que le costaba menos de un céntimo.
A los seis meses la moda estaba muerta. Dahl probó después con otras ocurrencias —entre ellas una piedra del Bicentenario con la bandera pintada— y ninguna encontró comprador. Murió en 2015, a los setenta y ocho años, conocido para siempre por un canto rodado.
Cincuenta años después, el producto resiste mejor que ninguno de su época. La piedra que compró tu tío en 1975 sigue en un cajón, entera, sin una sola visita al veterinario y sin haberse escapado jamás, y el que se la regaló ya ni se acuerda. Lo único que se ha perdido es el manual, y sin el manual la piedra ya no sabe hacer nada.