Curiosidad · Del catálogo de Margen
Un camaleón no tiene ni pigmento azul ni pigmento verde

Un camaleón pantera no tiene pigmento verde en la piel, y tampoco tiene pigmento azul. Tiene pigmento amarillo y dos capas de espejos, y con eso le basta. Lo midió el equipo de Michel Milinkovitch en la Universidad de Ginebra, con ejemplares de la especie de Madagascar que los biólogos llaman Furcifer pardalis delante de un espectrómetro, y lo publicó en Nature Communications el 10 de marzo de 2015.
La intuición dice otra cosa. Un camaleón pantera en reposo es verde; si se le acerca otro macho, en pocos segundos pasa a amarillo, naranja y rojo, y uno supone bolsas de pigmento verde que se cierran y bolsas de pigmento rojo que se abren, como una paleta que se vacía por un lado y se llena por el otro. En esa piel no hay más pigmento que el amarillo.
Además del amarillo hay dos capas superpuestas de unas células llamadas iridóforos, y dentro de ellas, cristales de guanina. La guanina es una de las cuatro bases del ADN; cristalizada, se comporta como un espejo diminuto. Los cristales de la capa de arriba miden 127 nanómetros de diámetro —algo más de una diezmilésima de milímetro— y están ordenados en una red triangular, apretados unos contra otros. Esa red es un cristal fotónico: devuelve la luz en una longitud de onda que depende de la distancia entre sus piezas, en lugar de absorberla a la manera de un pigmento. Es el mismo principio por el que una mancha de gasolina en un charco saca colores que la gasolina no tiene.
Los investigadores midieron los cristales en animales relajados y en animales excitados. El diámetro del cristal no se movió: siguió siendo 127 nanómetros en los dos estados. Lo que se movió fue el hueco entre ellos. En la piel en reposo, los cristales están de media un 30 % más juntos que en la piel excitada. Juntos, la red devuelve longitudes de onda cortas, o sea azul. Separados, devuelve longitudes largas: amarillo, naranja, rojo.
El verde con el que el bicho se pasa la mayor parte de la vida es una suma de dos cosas. Una son los xantóforos, células cargadas de ese pigmento amarillo. La otra es el azul estructural de los cristales. Mezclados en la misma piel, el ojo del observador recibe verde. Cuando el animal se excita y separa sus cristales, el azul se vuelve amarillo-naranja, se suma al amarillo del pigmento y sale el rojo de la exhibición. En todo el proceso el animal no ha fabricado ni ha destruido un solo pigmento. Solo ha movido unos cristales.
La segunda capa de iridóforos, la profunda, no participa en el espectáculo. Sus cristales son mucho más grandes y tienen forma de ladrillo, y su trabajo es devolver radiación infrarroja: los autores midieron que refleja cerca del 45 % del infrarrojo cercano que le llega, el tramo entre 700 y 1.400 nanómetros, que es el que calienta. Es un parasol instalado debajo del color, en un reptil que vive al sol y que no puede sudar.
La otra mitad de la creencia popular, la del camuflaje, la había desmontado siete años antes un trabajo hecho en el hemisferio sur. En 2008, Devi Stuart-Fox y Adnan Moussalli publicaron en PLoS Biology un estudio sobre los camaleones enanos del sur de África, del género Bradypodion. Compararon especies con mucha capacidad de cambio y especies con poca, y buscaron con qué se correspondía esa capacidad. Si el cambio sirviera para esconderse, las especies más camaleónicas tendrían que ser las que viven sobre fondos más variados. No lo eran: la variedad del fondo no explicaba nada. Lo que sí se correspondía era lo llamativas que son las señales que los machos se lanzan en sus peleas y en el cortejo. Cuanto más dramático es el cambio, más contrasta la señal contra el entorno y contra el resto del cuerpo del propio animal. Los autores lo escribieron sin rodeos: ninguna prueba a favor de la hipótesis del camuflaje.
En la dirección contraria tampoco hay que pasarse. El camaleón tiene un color de fondo discreto y lo ajusta un poco al sitio donde está; eso no lo discute nadie. Lo que la palabra «camaleónico» da por hecho es otra cosa: que el repertorio de rojos y naranjas exista para desaparecer. Ese repertorio es carísimo de mantener y el animal lo guarda para los dos momentos en que le interesa que lo vean, cuando pelea y cuando corteja. El artículo de Ginebra apunta que tener las dos capas de iridóforos es una novedad evolutiva de los camaleones, y que es justo lo que les permite combinar un camuflaje eficaz con una exhibición espectacular sin tener que elegir.
Los cristales de esa segunda capa, la que nunca se mueve, llegan a 600 nanómetros de largo, casi cinco veces los espejos de arriba, y siguen devolviendo infrarrojo con el animal rojo, verde o dormido.