Por capítulos · Las recetas del doctor Sagasti · Del catálogo de Margen
Una receta firmada por un médico muerto hace dos años

El martes, con el cierre aún medio subido, Águeda Mendioroz encontró el sobre en el buzón de la farmacia: dentro venía una receta del doctor Sagasti, y en el calendario de la trastienda faltaban catorce días para la inspección.
Lo primero ya no la sorprendía. Águeda lleva la única farmacia de Valdecierzo desde que se la traspasó su padre: cuatrocientos vecinos en invierno, el doble en fiestas, una estufa de leña que se enciende en octubre y un mostrador de nogal con dos siglos de codos encima. Lo segundo tampoco era nuevo: la carta del área de salud había llegado el lunes de la semana anterior, con membrete, una fecha subrayada dos veces —el día 26— y una firma al pie, Petra Aldunate, inspectora de farmacia. Una revisión ordinaria, decía. Águeda había pasado tres en veinte años y las tres habían durado una mañana y dos cafés.
Lo que no encajaba era la suma. Porque el doctor Braulio Sagasti, que durante treinta y un años pasó consulta en el consultorio de Valdecierzo y recetaba con una letra que solo entendían Águeda y dos boticarios más de la comarca, murió en marzo de 2024. Águeda fue al entierro; medio pueblo fue al entierro; el Colegio de Médicos dio de baja su número, el 31.0448, esa misma semana. Y desde entonces, cada pocas semanas, alguien echa al buzón de la farmacia un sobre sin remite con una receta nueva firmada por él.
Abrió el sobre encima del mostrador, con el cuchillo del precinto. Papel oficial de talonario, del de verdad: el gramaje áspero, la numeración en rojo en la esquina, el espacio para el sello del centro y, en el sello, la tinta violeta medio gastada del consultorio. La pauta, escrita con esa taquigrafía de médico viejo: digoxina, un comprimido al día, treinta días, Balbina Ochandiano. Balbina tiene ochenta y cuatro años, fue ganadera hasta que las rodillas dijeron que no, vive sola en el barrio alto y toma esa pastilla del corazón, con esa dosis exacta, desde 2019. La dosis se la ajustó Sagasti en vida, tres visitas seguidas en un invierno malo. Águeda lo sabe porque estuvo al otro lado del mostrador las tres veces.
La primera receta del muerto llegó hace dos años, a los cuatro meses del entierro, y Águeda la dispensó sin pensar: la vio correcta, la vio de Sagasti, y el cerebro no le pidió más. Cuando cayó en la fecha ya era viernes y Balbina ya tenía su caja empezada. Desde entonces han llegado más. Las guarda todas en una carpeta azul, en el segundo cajón de la trastienda, atadas con una goma, y cada vez que llega una se dice que esa es la última que pasa por el mostrador. Luego mira el nombre. Siempre es uno de los viejos del pueblo, siempre alguien que vive solo, siempre una pauta de crónico que ella conoce de años: la del corazón, la del azúcar, la de la tensión. En Valdecierzo no hay médico desde que cerró el consultorio: la plaza lleva dos años sin cubrirse y el doctor de área pasa consulta a veintidós kilómetros, dos mañanas por semana, sin conocer a nadie por el nombre. La receta electrónica no baja sola del sistema: alguien tiene que sentarse, abrir el historial y renovarla, y ese alguien, dos mañanas por semana, no da para once pueblos. El papel es la vía de excepción. En esta comarca, la excepción es el paisaje.
A media mañana golpearon el cristal con un nudillo. Era Simón Goñi, el panadero, con la furgoneta en doble fila y una barra bajo el brazo, la de Águeda, que le deja pagada por semanas. Empujó la puerta lo justo para asomar la cabeza.
—¿Te preparo lo del barrio alto para el jueves? —preguntó Águeda, por encima del mostrador.
—Para el jueves. Y ponme aparte lo de Balbina, que esta semana le subo yo el pan hasta la puerta: la rodilla otra vez. —Dejó la barra junto a la caja registradora—. ¿Todo en orden, boticaria? Tienes cara de inventario.
—De inventario, justo —dijo ella, y la mano, sola, tapó el sobre.
Simón se fue con su reparto. Águeda se quedó mirando la puerta un rato largo. El reparto de los jueves lo inventaron entre los dos hace tres años, sin papeles: ella prepara los pastilleros semanales de los viejos del barrio alto, esas cajitas con los días de la semana y las tomas ordenadas, y Simón los sube con el pan, porque el pan sube todos los días y los viejos bajan cada vez menos. En la comarca lo llaman «el reparto de la Águeda». En la gerencia del área de salud no lo llaman de ninguna manera, porque no consta.
Todo eso, hasta la semana pasada, era un problema con el que se podía convivir de lunes a sábado. La carta de la inspectora lo convirtió en otra cosa. Porque cada una de esas recetas está dispensada, apuntada y facturada al sistema con su número de serie, y el número de colegiado que las firma pertenece a un hombre enterrado en el cementerio de arriba. El día 26, Petra Aldunate va a sentarse en la trastienda con el libro recetario y el ordenador, va a cruzar listados, y Águeda va a tener que explicar por qué su farmacia lleva dos años sirviendo medicación a nombre de un fantasma con sello.
Cerró con el pestillo, dejó el cartel de «vuelvo en diez minutos» y se llevó la receta a la trastienda. De la carpeta azul sacó la más antigua, la de hace dos años. Del archivo de su padre, donde se guarda lo que nadie guarda, sacó una tercera: una receta de 2019, de las de antes, que Sagasti firmó delante de ella un martes de consulta, con Balbina sentada en la silla de anea quejándose del precio del pienso. Y de la impresora, todavía caliente, la ficha del Colegio de Médicos con la firma digitalizada del doctor, la que consta en el registro oficial desde 1993.
Despejó el cristal de la puerta interior, el que da luz a la rebotica, y fue poniendo los papeles al trasluz, uno sobre otro, con el pulso de quien pesa miligramos. La firma de 2019 sobre la de la ficha: caían juntas. La de hace dos años sobre la de 2019: juntas. La de hoy sobre todas: el mismo arranque de la S, largo, con un gancho abajo; la misma i sin punto encima y con el punto plantado lejos, a la derecha, donde no pone puntos nadie; el mismo final que se hunde y vuelve a subir, de un solo trazo, sin levantar la pluma. Trazo a trazo, curva a curva, sin un temblor que las delatara.
Águeda se quedó con los cuatro papeles en la mano, de pie, oyendo la persiana a medio subir golpear con el aire. Había entrado en la trastienda con una sospecha del tamaño de una multa: alguien del pueblo imitaba la firma de un muerto, mal, por apuro, y ella tendría que pararlo. El trasluz acababa de dejarle otra cosa entre las manos: la firma auténtica del doctor Sagasti, puesta en papel este mismo martes, dos años después de su entierro. Devolvió las recetas a la carpeta azul, apuntó la fecha de hoy en la esquina y tachó el primer día en el calendario de la inspección: quedaban trece.