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Relato · Del catálogo de Margen

Hoy termino su violín de 1996

Taller de violines de Estella, localidad de Navarra 30 de agosto de 2026

El barniz del violín de tres cuartos que usted encargó en octubre de 1996 lleva varias semanas curándose. Esta mañana he montado las cuerdas, he ajustado el puente y he dado por terminado el trabajo. Han pasado casi treinta años desde que la tapa quedó a medio tallar en una balda.

Señor Gonzalo Ferrater:

Me llamo Elías Zubiaurre y sigo siendo el luthier que lo recibió en este taller. Usted trabajaba como ingeniero de caminos y vino con Irene, su hija entonces de nueve años. Buscaba un instrumento más pequeño que uno entero, adecuado para que pudiera aprender sin pelearse con el tamaño.

Dejó 40.000 pesetas de señal, cuarenta billetes de mil, y yo preparé la madera. La tapa era de abeto y el fondo, de arce. Marqué la voluta, la espiral tallada del clavijero, antes de empezar otros encargos. Acordamos que terminaría el instrumento y que usted regresaría cuando Irene estuviera preparada para recibirlo.

Durante aquella visita, Irene se quedó contando los violines colgados de la pared. Llegó hasta doce, volvió a empezar porque dos estaban medio tapados por sus estuches y me preguntó si el suyo ocuparía el gancho más bajo. Después eligió para el estuche un forro verde oscuro porque decía que el rojo hacía demasiado ruido incluso cerrado.

Irene dejó de tocar en 1999, según me contó usted la última vez que hablamos. Me pidió que guardara el trabajo y dijo «no hay prisa». Después dejó de contestar a mis llamadas. Yo atendí los encargos que sí tenían fecha y este violín volvió a la balda, con la etiqueta de su apellido atada al molde.

No le escribo para reclamarle aquellos años. Le explico por qué quedó detenido. La tapa permaneció a medio espesor, la voluta conservó las marcas del formón y el arce envejeció bajo una tela. Cada vez que ordenaba el taller encontraba la etiqueta y recordaba que había aceptado construir un instrumento que nunca llegué a entregar.

Ahora tengo 67 años y me jubilo. El local está vendido y debo entregar las llaves el 30 de septiembre. Al vaciar las baldas decidí que no sacaría de aquí una caja con un violín incompleto. Afiné la tapa, cerré la caja y terminé el mástil. Apliqué el barniz tostado con tiempo para que cada capa secara y curara antes del montaje de hoy.

El instrumento existe y funciona. Conserva el tamaño de tres cuartos que pidió para una niña de nueve años, aunque Irene tendrá ahora 39. Quizá ya no toque. Puede conservarlo, prestarlo o entregárselo a otra persona. Eso le corresponde decidirlo a ella; a mí me correspondía terminar la pieza que acepté construir.

La señal de 1996 queda como pago completo. No reclamaré el resto ni convertiré tres décadas en una factura. Las horas que he dedicado este verano corren de mi cuenta: termino el violín porque cierro el taller y porque esta deuda pertenece a mi oficio, no a usted ni a Irene.

Escribo a la dirección que figura en la etiqueta de 1996. Si usted ya no vive allí, le pido a quien reciba esta carta que intente hacérsela llegar o que se la entregue a Irene. No sé si el sobre encontrará a alguno de los dos, pero es el único contacto que conservo.

Hasta que entregue las llaves estaré en el taller cada tarde, de cinco a siete, hasta el 30 de septiembre de 2026. El violín permanecerá en el estuche de forro verde que Irene eligió. Si vienen, podrán probarlo aquí. Si necesitan organizar otra forma de recogerlo, bastará con que me escriban antes de esa fecha.

He dejado dentro la etiqueta original con su apellido, el año del encargo y el nombre de Irene. También he conservado las cuatro clavijas que preparé entonces y la voluta que empecé cuando su hija todavía volvía a contar los instrumentos de la pared para comprobar que no se había saltado ninguno.

Recuerdo la frase que pronunció al apoyar la mano sobre la madera: «Hágalo ligero; Irene se cansa del hombro enseguida».