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Idea · Del catálogo de Margen

Tu ventilador calienta el cuarto mientras te refresca a ti

El ventilador del dormitorio puede pasarse la tarde entera moviendo aire sin bajar una décima la temperatura de la habitación. No tiene circuito de frío, ni gas refrigerante, ni compresor: es un motor que hace girar unas aspas. Ese motor añade calor al cuarto, y la corriente que levanta solo te refresca cuando llega a tu piel.

Lo compraste pensando en un aire acondicionado pequeño y barato. Por eso, antes de salir, lo dejas encendido con la puerta cerrada para que el dormitorio esté fresco cuando vuelvas a las ocho. Al entrar encuentras aire en movimiento y la primera ráfaga parece la prueba de que ha funcionado. El termómetro colgado de la pared dice otra cosa: la habitación está prácticamente igual que cuando te fuiste, y encima ha recibido el calor que el aparato ha producido durante ocho horas.

Toda la energía que entra por el enchufe termina dentro. Una parte mueve las aspas, otra vence el rozamiento del motor y otra se va en ruido, pero el movimiento y el sonido acaban disipándose también como calor. Un ventilador de pie de 50 vatios encendido ocho horas suelta 400 vatios-hora, los mismos que una bombilla antigua de 50 vatios encendida ese mismo rato. Cuánto sube el termómetro depende de lo que aísle la habitación y de por dónde se escape ese calor; lo que no ocurre nunca es que baje.

Notas alivio porque el aparato trabaja sobre tu piel. Alrededor del cuerpo llevas una película límite, una capa fina de aire que tu propia piel ha calentado y humedecido. Con el aire quieto, esa capa funciona como un abrigo y te cuesta más soltar calor. El ventilador la aparta continuamente y la sustituye por aire menos caliente y menos húmedo.

Con eso acelera la evaporación del sudor, que es el enfriador de verdad. Para pasar de líquido a vapor, el agua necesita energía y la toma de tu piel: esa energía que se marcha es el frescor que sientes. No hace falta que el ventilador fabrique aire frío; basta con que retire el vapor acumulado junto al cuerpo para que más sudor pueda evaporarse.

Ponte delante con la piel algo húmeda y la sensación cambia en segundos; apártate del chorro de aire y pierdes casi todo el efecto. Mientras estás delante, tu cuerpo suelta calor más deprisa; en cuanto te quitas, la habitación es exactamente la de antes.

Y aun así, cuando abres la puerta a las ocho, la habitación te parece más fresca. Lo es para ti durante medio minuto: entras sudando de la calle, te da el aire en la cara y en los brazos y la evaporación se dispara justo en ese momento. La sensación se apaga en cuanto te sientas fuera del chorro, y es la que ha sostenido durante años la costumbre de dejarlo encendido para nadie.

Un día caluroso corriente y una ola de calor no son la misma situación. En el día corriente, el ventilador rinde menos cuanto más cargado de humedad está el aire, porque al sudor le cuesta evaporarse. En calor extremo se invierte: los ensayos que han medido las dos cosas encuentran perjuicio cuando el aire está muy caliente y muy seco, porque te sopla encima aire más caliente que tu piel y acelera una deshidratación que ya no compensa, y siguen encontrando beneficio cuando el calor va con humedad alta. Aun así, en personas mayores, que sudan poco y regulan peor su temperatura, el margen es más estrecho.

Los dos organismos que dan la regla práctica no dan el mismo número. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, la agencia de salud pública de Estados Unidos, dicen que se use el ventilador solo con la casa por debajo de 32 grados. La Organización Mundial de la Salud pone el límite en 40. En lo que coinciden es en lo de después: durante una ola de calor un ventilador no sustituye a buscar un sitio fresco ni a mojarse la piel, y si aparecen mareo, confusión o debilidad intensa, subirle la velocidad no resuelve nada.

Esta noche, entonces: abre las ventanas cuando la calle esté más fresca que la habitación y pon el ventilador empujando aire hacia fuera por una de ellas; cierra y baja las persianas antes de que el sol dé en la fachada; y cuando te sientes o te acuestes, oriéntalo hacia ti, a la velocidad mínima que se note, con la piel húmeda.