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Por capítulos · Once colegios y un horno de 1931 · Del catálogo de Margen

Una factura de febrero dice recortes de palé

Antes: el laboratorio encontró benzopireno en la corteza de Celso Larrauri, y Paulino Garisoain pidió ver la factura de la leña de febrero de 2024.

Ocho colegios y diez días: eso era lo que le quedaba a Celso Larrauri, maestro panadero, el lunes 18 por la mañana. El noveno se le cayó a las siete menos cuarto, por el fijo, antes de que hubiera sacado la segunda hornada.

—Celso, soy Olvido.

—Olvido. ¿Qué tal.

—Mal. Oye, que esta mañana no me bajes el pan.

Olvido Zarranz lleva la cocina del Sagrado Corazón, el más grande de los once, setecientos niños, y le compra a Celso ciento sesenta barras y trescientos panecillos todos los días desde hace veinte años.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que tengas el papel.

—La inspección es el veintiocho.

—Pues me llamas cuando tengas el papel firmado, no cuando esté arreglado. —Olvido tenía ruido de cajas detrás—. Celso, esto no lo he decidido yo. Ayer por la tarde la directora me mandó un mensaje con el nombre del contaminante escrito en mayúsculas. Yo no sé ni leerlo.

—¿Se lo mandó quién a ella?

—Un correo de una empresa de Berriozar que se ofrece a servirnos mañana.

—Panificadora Duero.

—Esa.

—Olvido, el pan que te he bajado estas dos semanas es de la hornada del fondo, que es la que no toca lo que no tiene que tocar. Las del lado de la boca las aparto yo todos los días.

—Te creo. Pero yo no puedo poner en el comedor un pan que me creo. Tengo que poner uno que me firmen.

Celso colgó, cogió la tiza del canto de la pared, al lado del hueco de la leña, donde apunta las temperaturas de todas las hornadas de la semana, borró con el pulgar el nueve que había escrito el viernes y puso un ocho.

Eulogio Satrústegui, amasador, cincuenta y dos años, treinta y tres de ellos en esta casa, estaba pesando la masa de los panecillos a dos metros de ahí y no levantó la cabeza.

A las once y media, cuando volvió de las entregas, Izaskun Larrauri, veintinueve años, administrativa del obrador y su hija, tenía el ordenador abierto y un folio en blanco en la impresora.

—Aita, el compromiso para Tránsito. Son cuatro líneas y lleva fecha.

—Pon lo que haya que poner.

—No puedo poner lo que haya que poner. Tiene que decir qué arreglas y para cuándo. Si pongo «la solera», Tránsito me pregunta qué de la solera. Si pongo una fecha que no es, lo tenemos por escrito y firmado por ti.

—Pon: fila uno de la solera, junta de la boca, antes del veintiocho.

—¿Me lo ha dicho Paulino o lo has decidido tú?

Celso se quitó el mandil y lo dejó encima del mármol, al lado de las dos barras de canto que seguían ahí desde el martes cinco.

—Imprímelo así. Lo firmo yo y lo mandas. Y si el jueves hay que cambiar algo, se cambia y se lo digo yo a Tránsito con la boca.

Izaskun lo imprimió, lo firmó él, lo escaneó y lo mandó a las doce y seis. A las doce y nueve llegó la respuesta: dos palabras, recibido, gracias. Nada más. Izaskun le dio la vuelta a la pantalla para que su padre lo viera, y lo que su padre vio fue que no había ni una pregunta.

—Y con el Sagrado Corazón se nos va uno de cada cinco niños del reparto —dijo ella.

—Lo sé.

—Vale. —Izaskun cogió la copia del compromiso—. Bajo esto al archivo y llamo al Erreniega, que los panecillos de mayo se piden esta semana y Milagros no va a llamar ella.

Cuando se cerró la puerta de abajo, Celso cogió la furgoneta y se fue a su casa, que está a cuatrocientos metros, y volvió a las doce y cuarenta con un sobre marrón de los de correo interno, cerrado con una goma, que no sacó de la cabina hasta que llegó Paulino.

Paulino Garisoain llegó a la una y veinte. Ochenta y un años, treinta y uno de hornero en este mismo horno. Venía andando y sin la rodillera.

—¿La tienes?

—La tengo.

—Dentro, que aquí hay viento.

Entraron en la oficina. Celso quitó la goma del sobre y puso encima de la mesa lo que había dentro: los albaranes y las facturas de la leña desde 2019, sujetos con una pinza de la ropa.

Paulino los fue pasando sin leerlos, buscando el año.

—Febrero del veinticuatro.

—Es la de abajo.

Paulino la sacó, la puso a la luz de la ventana y se la acercó a medio brazo, que es a lo que lee.

—Maderas y Palés del Arga, sociedad limitada, polígono de Noáin.

Eulogio Satrústegui estaba en la puerta de la oficina con la rasqueta en la mano, limpia, y llevaba ahí el tiempo suficiente para haber oído el nombre.

—Esa la firmé yo —dijo.

—Lo sé. Me lo dijo él el viernes —dijo Celso.

Paulino no levantó la vista del papel.

—Y el sábado, delante de tu hija, no me lo corregiste, sabiéndolo desde el viernes.

—El sábado no sabía qué ponía en el papel.

—El sábado sabías lo que quemas. —Paulino volvió al renglón—. «Veinte mil kilos de recortes de palé para combustión. Treinta y ocho euros la tonelada. Setecientos sesenta euros.»

Nadie dijo nada. Fuera, el camión de la harina del lunes dio la vuelta en el patio.

Paulino buscó la de enero de aquel mismo año.

—La de enero era de haya. Ciento cincuenta y ocho euros la tonelada. —Dejó las dos juntas encima de la mesa y las alisó con la mano abierta—. Veinte toneladas de haya son tres mil ciento sesenta euros. Veinte toneladas de esto son setecientos sesenta. Dos mil cuatrocientos euros al año, Celso. Eso es lo que llevas ahorrándote desde hace dos años y un mes.

—Dos mil cuatrocientos euros es lo que cuesta tener a Eulogio un mes.

—No te he preguntado para qué. Te he preguntado cuánto. —Paulino se sentó por fin—. Ahora te digo yo lo que has estado quemando, que es lo que vine a decir el jueves. Un palé no es madera. Un palé es madera con cola, con grapas, con barniz y con pino resinoso, y la mitad de los palés que se venden para quemar están tratados. Eso no arde como la haya: arde más frío y arde más sucio, y lo que suelta sube por los conductos y entra en tu cámara por la única junta que está abierta, que es la de la boca.

—La junta la pusiste tú en el setenta y cuatro.

—La junta la puse yo en el setenta y cuatro y de eso hablaremos otro día, porque tienes razón y me toca. Pero con haya esa junta no te daba nada, porque el aire iba hacia dentro y de ahí no salía nada; te lo dije el jueves. Lo que te ha sacado el laboratorio no lo pone la junta. Lo pone la leña.

—¿Y ahora qué firmo yo el veintiocho?

—Espera, que todavía te falta lo que de verdad duele. —Paulino puso el dedo en la línea del producto—. Quemar palé tratado en un horno de alimentación no es que esté mal visto. Es madera residual. Está prohibido antes de que nadie te mire la corteza. O sea que el tres con uno es la consecuencia, pero la infracción se firmó en febrero de hace dos años.

Celso cogió la pinza de la ropa y pasó los papeles uno detrás de otro, despacio, mirando solo la esquina de abajo a la derecha.

Todos los albaranes de haya, desde el de 2019 hasta el de enero de hace dos años, llevaban su firma. El primero que decía para combustión llevaba otra, con la letra pequeña y vertical de alguien que lleva treinta y tres años firmando albaranes: E. Satrústegui, tres de febrero de dos mil veinticuatro.