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Relato · Del catálogo de Margen

Algo viaja conmigo en el coche desde las 22:03

Lunes, 6:14

Fichaje de salida, nave 11, polígono de Sant Boi. Me meto en el Ibiza y el móvil vibra antes de que arranque. Un aviso que no había visto nunca: hay un localizador que no es mío moviéndose conmigo. Abro el mapa. Una línea roja sale de mi calle, en Rubí, a las 22:03 de anoche, baja por la autopista y se queda aquí, en el aparcamiento de la nave. Exactamente mi viaje de ida.

Las 22:03 es la hora a la que salgo de casa. Lo sé porque llevo tres semanas con este coche y siempre salgo a la misma hora para pillar sitio cerca de la puerta.

El Ibiza lo compré por Wallapop. 2.300 euros, del 2009, a un tal Raúl Pujol, profesor de autoescuela en Sabadell. Me lo enseñó en la puerta de la autoescuela, entre dos clases, y me dijo que era de su madre. Le doy al botón de hacer sonar. Nada. Le vuelvo a dar. Un pitido flojo, muy flojo, de algún sitio de detrás.

6:22

Yeray Campos sale de fichar. Yeray es carretillero, lleva cinco años en la nave y es el que me enseñó, la primera semana, a no mirar el reloj en el turno, que se hace más largo. Le enseño el móvil.

—Eso es un AirTag o algo así —dice—. A ver.

No mira debajo de los asientos. No mira la guantera. Abre el maletero, levanta la moqueta del fondo y mete la mano en el hueco de la rueda de repuesto. Saca una cosa blanca del tamaño de una moneda de dos euros, gorda, pegada con cinta americana gris.

—Aquí lo ponen siempre —dice—. Lo vi en un vídeo.

Yo me quedo mirando la cinta. Está limpia. En el maletero de un coche del 2009 no hay nada limpio.

6:31

Le escribo a Raúl por Wallapop: «Me he encontrado un localizador en el coche, ¿es tuyo?». Contesta a las 6:33, que ya es contestar rápido para un profesor de autoescuela a esa hora. «No. Yo no he tenido nunca de eso. Mi madre ni sabe qué es.»

—Tíralo —dice Yeray—. Al contenedor de cartón de la entrada. Si es de alguien, que venga a buscarlo aquí y que le pillen las cámaras.

Lo tiro al contenedor de cartón de la entrada. Me voy a casa. Duermo seis horas, mal, con el móvil boca arriba encima de la mesilla.

Lunes, 13:10

Me levanto y lo busco en internet. Esas cosas se compran en cualquier sitio por unos 35 euros. El móvil te avisa cuando una que no es tuya va contigo un rato, y te deja hacerla sonar. Eso es todo lo que hace falta para seguir a alguien: una moneda gorda, un trozo de cinta y saber dónde aparca.

Esta noche libro. Lo de dormir de día te deja raro los días de fiesta: a la una de la madrugada estoy tan despierto como un martes a las cuatro en la nave.

Martes, 1:00

Cojo el coche porque sí. El móvil se queda cargando en la mesilla, que lo tengo al 4 %. Doy una vuelta sin rumbo por la C-58, con la radio. Paro en el kebab de la rotonda de Viladecavalls, el que abre hasta las tres, y me como un dürüm dentro del coche, con las luces apagadas. Vuelvo a las 2:20. No se lo digo a nadie. No hay a quién.

Martes, 17:40

Comisaría de los Mossos en Rubí, a diez minutos andando de casa. Me atiende una agente, Sílvia Roca, que escribe con dos dedos y muy rápido. Le cuento lo del lunes. Me pregunta si tengo el aparato.

—Lo tiré.

—Vale —dice, sin mirarme—. Sin el aparato poca cosa. Lo apunto igual. ¿Quién sabe a qué hora sales de casa?

—En la nave, todos. Entramos a las diez y media.

—¿Y quién sabe dónde vives?

Lo pienso. Merche, la jefa de turno, que tiene mi ficha. El de Wallapop, que me vendió el coche. Y Yeray, que me trajo a casa en moto la semana que el Ibiza estuvo en el taller.

—Tres personas —digo.

Lo apunta.

Martes, 22:05

Salgo de casa dos minutos tarde porque me da por mirar debajo del coche con la linterna del móvil. Nada. Abro el maletero y lo veo como siempre: la moqueta, la bolsa del gimnasio, el triángulo. No levanto la moqueta. No sé por qué. Conduzco hasta Sant Boi mirando el móvil en cada semáforo. Ningún aviso.

En el turno se lo cuento a Merche Ribas, la jefa de turno, porque me lo pregunta: me ve raro, se me ha caído una caja.

—Has hecho bien en ir a los Mossos —dice—. Y no vuelvas a comprar un coche a uno que te lo enseña en la puerta del curro.

—Ya.

—Y apúntalo todo con la hora. Todo. Que luego nadie se acuerda de nada.

Se va a mirar un palé. Yeray, a dos pasillos, se ríe. No sé si de lo que ha dicho Merche o de otra cosa.

Miércoles, 6:12

Fichaje de salida. Me meto en el coche. Vibra.

Hay un localizador que no es mío moviéndose conmigo.

Me quedo quieto con las llaves en la mano. Abro el mapa. Visto por primera vez a las 22:03 en mi calle. Autopista. Aparcamiento de la nave. El mismo dibujo que el lunes, a la misma hora.

Abro el maletero. Levanto la moqueta. Hueco de la rueda. Otra cosa blanca, redonda, pegada con cinta americana gris. Limpia.

Ayer a las 22:03 estaba aquí debajo y yo, con la linterna, mirando los bajos. Y la noche del lunes, la del kebab, el móvil se quedó en casa. El coche, no.

No la arranco. La dejo donde está. Si la arranco, quien la ha puesto se entera.

6:19

Yeray golpea la ventanilla con los nudillos. Bajo el cristal.

—¿Qué, ya no pita? —dice.

—No.

—Ves. Eso era una cosa del de Sabadell. —Se apoya en el techo con los dos brazos—. Oye, ¿y tú qué haces los días que libras? Que siempre dices que duermes.

—Duermo.

—Ya. —Sonríe—. El de la rotonda de Viladecavalls hace el mejor dürüm del Vallès, eh. Pero a la una de la mañana ya no le queda salsa blanca.

Se va hacia su moto silbando.

Miércoles, 13:30

No he dormido. Bajo a por pan a las 13:30 y el Ibiza está donde lo dejé, debajo del plátano, con una hoja pegada al parabrisas. Carme, la de la panadería de la esquina, que abre a las seis, me pregunta si me han rayado el coche.

—¿Por qué?

—Porque el lunes por la tarde había uno mirándolo. Uno en moto, con el casco puesto, de los que llevan chaleco amarillo de trabajo. Se agachó por detrás un rato. Pensé que era del taller.

—¿A qué hora?

—Sobre las cinco. Yo estaba sacando la segunda hornada.

Le pago la barra. 1,10. Subo a casa y me siento en la cama con la barra en la mano, sin comérmela, mirando la puerta.

Jueves, 6:20

Esto es lo que he hecho hoy. Si me pasa algo, que esté escrito.

A las 3:40, en el descanso, he abierto la taquilla de Yeray con el destornillador plano de la caja de herramientas. Las taquillas de la nave se abren con un destornillador plano; yo lo aprendí la segunda semana. Dentro había su chaqueta, una bolsa de deporte y un rollo de cinta americana gris, a medias, con el borde todavía pegajoso.

No he cogido nada. He hecho una foto y he cerrado.

A las 5:58, Yeray me ha mandado un wasap sin que yo le hubiera escrito nada:

«Este no lo tires al contenedor, que el del cartón no pasa hasta el lunes.»

Llevo veinte minutos en el coche sin arrancar. El aviso sigue ahí. Le he mandado la foto de la taquilla a Sílvia Roca, la de los Mossos, con la hora.

6:24

Contesta: «No arranques. No abras a nadie. Vamos para allá.»

En el retrovisor, la moto de Yeray sigue aparcada al lado de la puerta de la nave, con el casco colgado del manillar.