
La noche cabe entera en dos dedos de cinta.
Tiro, y el día entra en franjas: una raya de sol para el vaso, otra para el libro bocabajo, otra que sube por la cama como un gato que pesa poco.
Nadie me enseñó este oficio de repartir la luz, de darle al cuarto el mundo en rebanadas finas, por si el mundo entero, de golpe, fuera demasiado.
Al fondo suena la calle, afinando.
Subo la persiana: que pase.