
Llamaron a la puerta para el censo. Cuando dije cuántos vivíamos en casa, el funcionario frunció el ceño y contó, en voz baja, una persona más que yo.
«Será un error», dije. Él negó con la cabeza y me enseñó su lista. Todos los nombres eran correctos.
El último, el que sobraba, estaba escrito con la fecha de mañana.