
Mi madre cose botones a la ropa que ya nadie se pone, por si acaso alguien vuelve.
Tiene las manos de quien ha pelado un millón de patatas sin quejarse ni una, manos que saben la temperatura del pan con solo acercarlas al horno.
De niña yo creía que esas manos eran el mundo, que de ellas salía la lluvia y también el remedio para la lluvia.
Hoy la veo enhebrar la aguja contra la luz de la ventana, achinando los ojos, y entiendo que envejecer es ir perdiendo el hilo y seguir cosiendo igual.
Me siento a su lado. No digo nada. Le sostengo el ovillo como quien sostiene, sin saberlo todavía, el último trozo de su infancia.