
En 1955, el historiador británico Cyril Northcote Parkinson formuló medio en broma una ley que hoy lleva su nombre: el trabajo se expande hasta llenar todo el tiempo disponible para terminarlo.
Si te dan una semana para una tarea de dos horas, la tarea encontrará la manera de ocupar la semana: la pulirás, dudarás, la retocarás. No porque lo necesite, sino porque el tiempo estaba ahí.
La jugada inteligente es darle la vuelta: ponte plazos artificialmente cortos. Decide que el informe sale hoy a las cinco, que la maleta se hace en veinte minutos. El plazo corto obliga a decidir qué importa — y casi todo lo demás resulta que no importaba.
No es magia: es quitarle al trabajo el espacio donde engorda.