Idea · Del catálogo de Margen
7 personas dicen que la línea corta es la larga y tú cedes

Te enseñan dos cartulinas. En la primera hay una raya. En la segunda hay tres rayas numeradas, y una de ellas mide exactamente lo mismo que la de la primera cartulina; las otras dos se diferencian a simple vista, en una pulgada o más. Te preguntan cuál es. Es tan fácil que da vergüenza, y en la sala hay siete personas más que van a contestar antes que tú.
La primera ronda la aciertan todos. La segunda, también. En la tercera, el primero dice un número que está mal. El segundo dice el mismo número equivocado. El tercero, el cuarto, el quinto, el sexto y el séptimo dicen ese mismo número. Y te toca.
El montaje es de Solomon Asch, psicólogo del Swarthmore College, y lo publicó en 1951. Los siete de delante eran actores y tú eres el único que no sabía nada; te habían sentado el penúltimo a propósito, para que oyeras a casi todos antes de abrir la boca. De dieciocho rondas, en doce la mayoría contestaba mal a propósito.
Alrededor de tres de cada cuatro participantes se apuntaron al error por lo menos una vez. Contando todas las rondas trucadas, aproximadamente un tercio de las respuestas siguió a la mayoría. Para saber cuánto pesa eso hay que mirar el grupo de control, que hacía la misma tarea solo y por escrito: ahí los errores no llegaban al uno por ciento.
Asch se quedó con algo más que el porcentaje. Cuando al terminar les explicaba el montaje, los participantes que habían cedido no contaban todos lo mismo. Unos decían que habían visto la raya perfectamente y que habían dicho otra cosa para no quedarse solos. Otros, menos, sostenían que de verdad les había parecido ver lo que decía el grupo. La mayoría estaba en el primer caso: sabían la respuesta y dijeron otra. Sabían la respuesta, dijeron otra, y al contarlo no usaban la palabra error: usaban la palabra cortesía.
Asch repitió entonces el montaje cambiando una sola cosa: metió entre los actores a uno que daba la respuesta correcta. No añadió a nadie: instruyó a uno de los siete, en la misma sala de ocho. Con esa persona dentro, el seguimiento a la mayoría se desplomó hasta cerca de una cuarta parte de lo que era.
Y después hizo la prueba que de verdad enseña cómo funciona esto. En lugar de un aliado que acertara, puso a uno que se equivocaba también, pero por su cuenta: la mayoría decía «dos» y él decía «tres». Alguien que no estaba de tu lado, que no te daba la razón y que además estaba más perdido que nadie. También ahí se hundió: de un tercio de las respuestas a menos de una de cada diez.
Lo que protegió al que dudaba fue que la sala dejara de hablar con una sola voz. En cuanto el bloque se rompe por algún sitio, da igual por dónde, pesar siete contra uno deja de pesar, porque ya no son siete contra uno. Hay una tercera variante que lo confirma por el lado desagradable: cuando el aliado estaba y luego se pasaba a la mayoría a mitad de sesión, el participante volvía a ceder como al principio. La protección no era una convicción que se hubiera instalado en nadie. Era la compañía, y se iba con ella.
Y hay un dato de Asch que hace esto mucho más barato de lo que parece: el tamaño de la mayoría casi no importa. Con una sola persona diciendo lo contrario el efecto apenas existe; con dos aparece; con tres ya está casi entero, y añadir doce más apenas lo mueve. No hace falta una multitud para arrastrarte. Hacen falta tres y que ninguno se descuelgue.
Hasta aquí es un experimento. Lo que sigue es lo que se hace con él, y no va de las veces que tú dudas, que son pocas y las recuerdas. Va de las muchas veces que estás en la sala sin dudar nada.
Piensa en la última reunión en la que alguien dijo algo que a ti te pareció raro y nadie comentó nada. Si no dijiste nada porque, al fin y al cabo, tampoco lo tenías claro, estabas haciendo de actor número cuatro. No hacía falta que tuvieras la respuesta buena: el disidente de Asch tampoco la tenía y servía igual.
Pero la parte útil viene un poco después, y es la que casi nunca se cuenta en las reuniones.
Romper el consenso el primero es caro. Te quedas expuesto, te toca sostener la mirada de la sala y aguantar el silencio de tres segundos que viene después. Ser el segundo no cuesta casi nada, y es el que decide. Si al que ha hablado no le apoya nadie, recoge velas, pide perdón por haber interrumpido y la reunión sigue exactamente igual que antes. Si una sola persona dice «espera, déjale acabar», la unanimidad ya se ha roto y la conversación cambia de sitio.
Fíjate en que el segundo ni siquiera tiene que estar de acuerdo. Puede pensar que el primero se equivoca de medio a medio. Puede decirlo. Lo único que hace falta es que la sala oiga dos voces en vez de una, porque a partir de ahí los que callaban tienen dónde colocarse.
El papel de segundo no se prepara. Se ocupa o no se ocupa, y se decide en los tres segundos que vienen detrás de que alguien hable de más. Conviene saber de antemano que ese papel existe, porque cuando llega no hay tiempo de razonarlo. En alguna reunión de esta semana va a hablar alguien a quien no va a respaldar nadie. Tres palabras llegan, y no las va a decir nadie más.