
La casa mira por un solo ojo, redondo y frío como el de los peces.
Por él, el rellano es un planeta breve: la vecina pasa curvada por los polos, la bombilla cuelga como un sol de guardia, la escalera se hunde en su espiral igual que el agua en un desagüe.
Nada de lo que ocurre ahí fuera es plano: todo llega doblado por la lente, todo cabe entero en el círculo de cristal.
Al salir cierro despacio y me quedo un momento en el felpudo, del lado de los peces: ahora soy yo lo que se curva, yo lo que la puerta, con su ojo de agua, mira pasar.