Curiosidad · Del catálogo de Margen
Whittier contó 272 vecinos en 2020 y casi todos en un bloque

En Whittier, Alaska, el censo de 2020 contó 272 personas. La mayoría vive bajo el mismo techo, en una torre de catorce plantas plantada frente a un puerto que no se hiela.
La torre no se construyó para meter dentro a un pueblo. El Ejército de Estados Unidos la terminó en 1957, después de cuatro años de obra, y la llamó Hodge Building: alojamiento militar, pensado para concentrar gente y servicios en un sitio donde el invierno complica cualquier desplazamiento. Cuando el Ejército se fue, las habitaciones se convirtieron en pisos y el edificio pasó a llamarse, años después, Begich Towers.
Dentro siguen estando la tienda de comestibles, una lavandería, un consultorio y una iglesia. Se baja a comprar y se sube con la compra sin pisar la calle. En enero, con ventisca, esa escalera hace de calle mayor.
Fuera, la nieve anual se mide en metros y los vientos han pasado de 100 kilómetros por hora.
El colegio está al lado, y tampoco hay que salir para llegar. Un pasadizo cubierto une las torres con las aulas: los niños bajan de sus casas, cruzan ese corredor y aparecen en clase sin haber estado nunca a la intemperie.
Las plantas hacen de manzanas y el ascensor hace de calle. Quien vive dos pisos por encima de su jefe se lo encuentra camino de la lavandería, y no hay acera por la que evitarlo.
Whittier tiene más cosas: casas sueltas, naves alrededor del puerto y edificios fuera de la torre. Pero de las 272 personas del censo, la mayoría duerme dentro de la torre.
Y la carretera no deja entrar cuando uno quiere.
El único acceso terrestre es el túnel Anton Anderson Memorial. Se excavó en 1943 para el ferrocarril y no se abrió a los coches hasta el año 2000. Dentro hay un solo carril, y ese carril lo comparten los coches con los trenes.
Eso obliga a repartir el día en turnos. Durante media hora se entra; después se sale; cuando toca un tren, los coches esperan a que pase, porque la vía sigue siendo suya. Nadie puede cruzarse de frente con nadie ahí dentro: antes de abrir un extremo, el túnel tiene que estar vacío.
De noche se cierra. Quien llega a la boca después del último turno no tiene carretera alternativa: se queda al otro lado de la montaña hasta que vuelvan a abrir por la mañana. Por eso, en Whittier, mirar el reloj antes de salir a comprar a treinta kilómetros es parte del viaje, como mirar el depósito.
El puerto, en cambio, no se hiela nunca, y por mar se puede entrar y salir a cualquier hora.
El túnel Anton Anderson Memorial mide 4,05 kilómetros.