Por capítulos · Las recetas del doctor Sagasti · Del catálogo de Margen
Dos recetas rechazadas en la farmacia de la carretera

Antes: once vecinos de Valdecierzo que viven solos toman medicación recetada por el doctor Sagasti, muerto en 2024. Águeda guarda treinta y una recetas.
El martes 19, a siete días de la inspección, Marcial Beloki, técnico de facturación de la gerencia de área, llamó a la farmacia a las nueve y cuarto para corregirse a sí mismo.
—El cero es bueno —dijo—. Dos años de facturación, las nueve farmacias del área, ninguna receta con el colegiado 31.0448 fuera de la tuya. Pero anteayer, en el correo del domingo, te lo conté con más peso del que tiene.
Águeda Mendioroz, farmacéutica de Valdecierzo, se apoyó en el mostrador con el teléfono entre la oreja y el hombro. El reloj de la pared, que adelanta cuatro minutos desde que ella tiene memoria, marcaba las nueve y diecinueve.
—Dímelo otra vez, entonces.
—Una receta rechazada no se factura. Si alguien llevó una a otra farmacia y se la devolvieron en la mano, en mi pantalla no ha existido nunca. Mi cero dice que nadie las cobró. No dice que nadie lo intentara.
Águeda se quedó mirando el calendario del laboratorio, el del campo de lavanda, con los días tachados hasta el 18.
—Yo di por hecho que en cualquiera de las otras ocho las habrían despachado sin mirar dos veces —dijo—. Un papel con un sello y una firma. Nadie se sabe de memoria los colegiados de los muertos.
—Pues pregúntaselo tú, que a ti te lo van a contar. A mí me contestan por escrito y tardan quince días.
—Voy. Y hazme tú otra cosa: mírame en el boletín todo lo que haya del transporte sanitario de Valdecierzo desde que cerró el consultorio.
—¿Para qué?
—Para saber desde cuándo esta gente no puede ir a ningún sitio.
Colgó a las nueve y media. En el cuaderno cuadriculado, debajo de las dos preguntas del domingo, escribió una tercera: quién dijo que no.
Nueve farmacias tiene el área contando la suya, y Águeda se las sabe por el orden de la lista de guardias. Siete de las otras ocho están a más de veinte kilómetros, en pueblos a los que desde Valdecierzo solo se llega con coche propio o con el transporte de la zona, que baja a las ocho y vuelve a las tres. La octava está a nueve kilómetros, en el cruce de la carretera general, tiene aparcamiento en la puerta y cierra a las nueve de la noche. Si alguien de los once hubiera probado en otro sitio, habría sido allí.
Llamó a las diez, entre dos clientes. Itziar Lizarraga, farmacéutica titular de la de la carretera desde hace once años, estaba metiendo el pedido de la mañana. Águeda le dio por teléfono solo dos cosas, un apellido y un número de colegiado, y le pidió que mirara atrás. Itziar le dijo que se pasara al cerrar, que ella se quedaba haciendo caja hasta las nueve y media.
Águeda echó la llave a las ocho y cuarenta y llegó al cruce a las nueve menos cinco. La farmacia de la carretera es un local de esquina, con dos escaparates a la general y la cruz verde en un poste alto que se ve desde el kilómetro anterior. Dentro había fluorescentes blancos, un expositor de crema solar todavía puesto y una chica joven pasando la mopa entre las góndolas. Itziar esperó a que saliera el último cliente, le abrió la puerta de cristal a las nueve en punto y volvió a echar el cerrojo por dentro.
—Sagasti —dijo, antes de que Águeda llegara al mostrador—. Braulio Sagasti, 31.0448. Lo he mirado en cuanto has colgado. Dos veces.
Tenía las dos anotadas. En la trastienda, encima del ordenador, guarda un cuaderno de tapas rojas donde apunta lo que devuelve: fecha, medicamento, motivo y a quién. Lo empezó el año que le abrieron un expediente por un visado mal leído y no lo ha dejado desde entonces.
—Dieciséis de noviembre de 2024 —leyó—. Receta en papel, manuscrita, anticoagulante para Higinio Belzunegui Sola, ochenta y seis años, domicilio en Valdecierzo. Devuelta.
—¿Por qué?
—Por tres cosas a la vez, y con una sola me habría bastado. —Itziar levantó el pulgar—. Una: era papel escrito a mano y aquí el papel manuscrito lo tecleo yo. Al meter el número de colegiado, el programa me sacó un aviso: profesional no activo en el fichero. Dos: la mujer que la traía no era el paciente, no traía su tarjeta sanitaria ni un papel firmado por él. Y tres, que es la que de verdad manda: yo a ese hombre no lo he visto en mi vida. Aquí entran ciento cincuenta personas al día y a los de Valdecierzo no los conozco de nada.
—¿Y qué le dijiste?
—Que lo llevara al centro de área y que se lo renovara el médico que le corresponda. Se lo dije bien. Se lo guardó en el bolso y se fue.
Pasó tres hojas.
—Ocho de marzo de 2025 —siguió—. La misma mujer, otro nombre: Ramona Elizalde Vidaurre, ochenta y cuatro años, gotas para la tensión ocular. Mismo papel, misma letra, mismo colegiado. Y esta vez sí que miré dos veces, porque no me cuadraba que a la misma persona le pasara lo mismo dos veces. Le pedí un teléfono de la paciente. Me dijo que la señora no oye bien el teléfono. Y ahí ya le dije que no y que no volviera con ese papel.
Águeda estuvo un rato sin decir nada. La chica de la mopa había llegado a la puerta de la trastienda y se dio la vuelta.
—Yo pensaba que cualquiera las habría despachado —dijo por fin.
—Ninguna de las otras ocho, Águeda. Un papel a mano, un colegiado que el programa no reconoce y una señora que no está delante. Eso te lo devuelve hasta el sustituto de agosto. —Itziar cerró el cuaderno rojo—. En la tuya no te lo devolvió nadie porque en la tuya la señora es la señora de toda la vida y tú sabes lo que toma sin mirar la caja. Eso no lo tiene ninguna de las otras ocho.
—¿Cómo era la mujer?
—Cuarenta y pocos. Rubia teñida, coleta. Aparcaba justo en la puerta, las dos veces, con un Ibiza gris. La segunda vez llevaba debajo del abrigo un pijama sanitario verde, de esos de residencia. Y viene por aquí, ojo, viene cada quince días a por lo suyo; lo que no sé es cómo se llama.
Águeda salió al aparcamiento a las nueve y veinticinco y se quedó dentro del coche con las manos en el volante. Solo hay una persona en Valdecierzo que baje a esa farmacia porque aparca en la puerta.
Llamó a Maribel Zubiri a las nueve y cuarenta, desde el arcén, con el motor parado. Maribel es auxiliar de geriatría en la residencia de Tafalla, tiene cuarenta y tres años y baja al pueblo los fines de semana a ver a su madre, que vive en la calle del frontón, tres portales por debajo de la de Higinio Belzunegui.
—Ay, sí —dijo Maribel enseguida—. Las dos veces bajé yo. La primera me lo pidió Higinio Belzunegui, el peón caminero, que no baja al pueblo desde que le operaron de la cadera y a tu farmacia hay una cuesta que no la sube. La segunda me paró Ramona Elizalde en el portal.
—Maribel, esas recetas ¿de dónde salieron?
—De su buzón, los dos. Un sobre sin remite, con el papel dentro. Higinio me lo enseñó y me dijo que era del médico. Yo la primera vez ni miré la firma, mira lo que te digo. La segunda ya sí, y me pareció raro, pero la mujer estaba con las gotas por la mitad y me dio pena.
—¿Y después?
—Después se las devolví a los dos y les dije que las bajaran a la tuya, que en la carretera no me las cogían. Y ya no me pidieron más.
Águeda volvió al pueblo por la general, aparcó delante de la farmacia y entró sin encender la luz de la sala. Encendió el ordenador de la trastienda, que hace ruido de aspiradora, y sacó la carpeta azul del segundo cajón.
Treinta y una recetas, cada una con su fecha escrita a lápiz blando en la esquina por su propia mano. Esa noche las ordenó por otra cosa: por cómo habían llegado.
Seis de las treinta y una no llegaron a la farmacia. Llegaron a las casas, en sobres sin remite, en los primeros ocho meses, y las bajaron los pacientes o quien pudo bajarlas. Dos de esas seis son las que Itziar Lizarraga devolvió en el cruce de la carretera.
Las seis son de cuatro casas distintas: Belzunegui, Elizalde, Baraibar y una de Anselma Redín, la maestra jubilada, de octubre de 2024. Ninguna es de Balbina Ochandiano, que vive en el barrio alto, en una casa con dos tramos de escalera y el timbre roto, y a la que Simón Goñi, el panadero, le sube el pan y el pastillero los jueves. Águeda contó los meses: la última de las seis lleva fecha de marzo de 2025. Desde marzo de 2025 no ha vuelto a llegar a ninguna casa del pueblo un sobre escrito para el que vive dentro.
Las veinticinco restantes venían dirigidas aquí, a este local, escritas a máquina: Farmacia. Valdecierzo. Una de ellas, la de Celedonio, se la dejó el cartero por error en casa de Balbina hace doce días, pero el sobre no era para Balbina. Los sobres del buzón los había abierto siempre de pie, con el cuchillo del precinto, sin darles la vuelta: desde aquel daba por hecho que ninguno llevaba sello. Ocho lo llevaban. Con el de Celedonio, nueve.
Nueve traen sello de franqueo y matasellos de la estafeta de Valdecierzo. Las dieciséis que quedan no traen franqueo de ninguna clase: no pasaron por Correos. Alguien las echó al buzón de la persiana.
Águeda puso las dieciséis en fila sobre el mostrador y miró las fechas de las esquinas. El miércoles, con las treinta esquinas juntas delante, había visto lunes por todas partes y lo había tomado por la regla de la casa. Los lunes eran de esta pila.
Trece de las dieciséis las había sacado ella del buzón un lunes, al abrir, a las nueve menos cuarto.
A las once y diez de la noche entró el correo de Marcial Beloki con un pdf de cuatro páginas y una línea encima: «Esto es lo que me has pedido esta mañana. Sale del boletín, es público». Resolución 214/2024 de la gerencia de área, de 28 de junio de 2024, con efectos desde el uno de julio: la ruta de transporte sanitario no urgente de Valdecierzo pasaba de tres días por semana a uno.
Águeda recogió las dieciséis del mostrador, las devolvió a la carpeta azul y la abrió por la primera hoja, la de arriba del todo. Leyó la fecha que ella misma había escrito a lápiz en la esquina hacía dos años: lunes, 15 de julio de 2024. Entre el primer lunes en que Valdecierzo se quedó con un solo viaje a la semana y la primera receta del doctor muerto había catorce días.