Por capítulos · La cartógrafa del vacío · Del catálogo de Margen
Capitulo 2: Isla Candela
Isla Candela olia a pan y a miedo educado. Sus habitantes sonreian demasiado, como quien ya ha visto la niebla en el horizonte y ha decidido que la cortesia es una forma de valor.
Me recibio el alcalde, un hombre pequeno con las manos manchadas de la misma tinta que yo uso. Asi que lo supe antes de que hablara: aqui ya habia habido una cartografa. Mi madre. Hacia treinta anos, cuando Candela era el doble de grande y tenia un puerto al oeste que ahora nadie recordaba salvo por una linea suya, olvidada en el archivo, que aun conservaba tres casas y una plaza en un rincon del papel donde el mundo real ya no tenia nada.
Esa noche me dejaron dormir en la torre del reloj. No dormi. Extendi el mapa de mi madre junto al mio, en blanco, y compare. Ella dibujaba distinto: no ponia solo las calles, ponia quien vivia en ellas. La panadera de la esquina. El nino que temia al mar. Como si supiera que para sujetar un lugar no basta su forma; hace falta su gente.
Al amanecer conoci a Teo. Doce anos, pecas, y una obstinacion que reconoci porque era la mia. Me siguio por toda la isla senalando lo que yo debia dibujar. Aqui vivia mi abuela, dijo ante una casa vacia. Ya no la recuerdo, pero se que vivia. Dibujala igual. Y yo, que llevaba toda la vida cartografiando piedras, dibuje por primera vez una ausencia con nombre.
La niebla estaba a tres dias de la costa. Lo sabiamos por los pajaros: los que vuelan hacia ella no regresan, y esa manana no quedaba ni uno posado en los tejados. Teo me pregunto si mi tinta podia salvarlos a todos. Le dije la verdad, que es lo unico que se le debe a un nino valiente.
No lo se, Teo. Nunca he dibujado algo tan grande. Pero si tu me dices quien vive en cada casa, yo prometo no soltar el papel.
El asintio como si acabaramos de firmar un pacto. Y en cierto modo lo habiamos hecho.