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Por capítulos · Doce dias de gasoleo · Del catálogo de Margen

Fani baja con el datalogger en el bolsillo

Antes: el décimo día Txomin marcó el corredor de Larrondo, con una placa de cuarenta centímetros arriba y cuatro horas hasta la pista forestal.

El undécimo día amaneció con dos en la cuenta y con una sola pregunta encima de la mesa larga, que era quién bajaba. Ocho brazadas de leña de las buenas abajo en el leñero, y contra la pared de la estufa las dos hileras mojadas que Casimiro y Aitor subieron ayer, todavía sin secar. Noventa y cinco litros y siete décimas en un depósito cerrado con llave, y un solo paso abierto en toda la montaña.

Aitor Sein, diecisiete años, en prácticas de guarda esa temporada, leyó su cuaderno a las siete y diez sin que nadie se lo pidiera, como todas las mañanas desde el primer día.

—Once brazadas al día. Con ocho quedan diecisiete horas y media. Contando desde las siete de esta mañana, la estufa se apaga a las doce y media de la noche.

—La madrugada del doce —dijo Mercedes Arriaga, cincuenta y cinco años, jueza de paz jubilada, que lleva la contabilidad en la contraportada del libro de firmas—. Es la hora que saqué ayer con la división.

—No se ha movido —dijo Idoia Bergara, treinta y nueve años, guarda de Iratxeta y enfermera de urgencias hasta 2019.

Ramiro Bouzas, cuarenta y cuatro años, montañero y carpintero de ribera, llevaba de pie desde antes que ella.

—Bajo yo. Lo pedí el primer día y lo pido hoy.

—No —dijo Txomin Elordi, sesenta y dos años, pastor, que sube a Iratxeta el correo del club desde 1994 y que ayer marcó el corredor y volvió diciendo que no quería que bajara nadie.

—Txomin.

—Ayer dije que no quería y no sirvió de nada, Ramiro. Hoy te digo lo otro: no cabes. La placa del tercio de arriba tiene cuarenta centímetros de espesor sobre una capa de granos que no agarra, y lo que rompe una placa así es el peso que le pones encima en el sitio donde está más tensa. Tú pesas noventa y dos kilos con la mochila. Lo sé porque te pesaste en la báscula del club en noviembre y porque llevo diez días viéndote cargar. Y llevas el pantalón roto desde la rodilla desde ayer.

—Se cose.

—Se cose el pantalón. Los noventa y dos kilos no.

—¿Y quién los pone menos?

Fani Quiroga, veintiocho años, geóloga, que subió a cambiar los sensores de la ladera el día antes del alud, ya estaba de pie al lado de la puerta con las botas puestas.

—Cincuenta y siete con todo encima. Lo pesé el jueves con la báscula de los sacos, por curiosidad.

—Fani, no —dijo Ramiro.

—Fani sí —dijo Txomin—. Y no lo digo por los kilos solo. Esa capa de granos hay que leerla mientras se cruza, no antes, y aquí el único que sabe leerla además de mí lleva dos temporadas midiendo esa ladera. Yo por ahí no vuelvo a bajar. Lo que puedo hacer es decirle exactamente dónde no pisar.

—Dilo delante de todos —dijo Idoia.

—Por la izquierda, pegada a la roca, en los cuatro jalones que puse. Y entre el segundo y el tercero hay un hueco de dos metros donde el jalón no se me clavó: ahí la nieve suena a hueco. Eso se pasa por encima de la roca, con las manos, no por la nieve. Si se pasa por la nieve, se rompe.

—Ayer dije con cuerda —añadió—. Con cuerda sois dos, y el segundo espera encima de la placa. Sola no hay a quien asegurar, así que la cuerda se queda aquí: si hay que salir a buscarte, la quiero en la puerta y no debajo de la placa.

Lena Bouzas, cuarenta y un años, montañera y anestesista, hermana de Ramiro, le miró las pupilas a Fani con el frontal y le contó las pulsaciones con el reloj de Idoia.

—Cincuenta y ocho. Está mejor que yo y mejor que todos los que dormimos junto a la estufa. Puede bajar.

Lo que Fani se llevó lo dijeron en voz alta, porque en once días se había aprendido allí que lo que no se decía en voz alta acababa faltando.

Los tres folios de Mercedes, la copia a mano del expediente 47/2021 y de las dos hojas rosas, dentro de una bolsa de congelados cerrada con dos gomas. Los crampones, que eran los suyos, de trabajo, y las botas que ya llevaba puestas, las únicas de la casa con la suela entera. La sonda de aluminio de Txomin, que él dejó encima de la mesa y empujó con dos dedos hasta el otro lado sin decir nada. La radio portátil del botiquín del club, con pilas nuevas de la caja de los sensores de Fani, las mismas con las que anda el registrador; las dos baterías de la radio grande no se tocaron, la de doce coma uno sigue puesta y la de once coma cuatro sigue en el alféizar del norte, porque son las que tienen que hablar con el club hasta el día doce. Y el registrador, que es una caja gris del tamaño de un libro de bolsillo con la palabra DATALOGGER en relieve en la tapa, y que llevaba desde el sexto día apuntando cada diez segundos la temperatura y el monóxido de aquella casa.

—Eso me lo llevo yo —dijo Fani.

—Eso nos deja a ciegas —dijo Idoia.

—Sí.

—Ya lo sé —dijo Idoia—. Lo he decidido esta noche y lo voy a escribir con mi nombre. Dentro de él están los ciento cuarenta de la litera de Lena y los ciento veintiuno que esa misma litera seguía marcando después del parche, con la hora y con el día, y eso es lo que va a hacer que el helicóptero suba con oxígeno en vez de con mantas, y lo que va a poner el expediente de 2021 en la mesa de alguien. Aquí abajo ya sabemos lo que sabemos. Cuando encendamos el motor a las doce y media, abrimos la puerta del pasillo cada hora y nos contamos, y yo llevo la cuenta.

De la radio portátil se habló treinta segundos, porque ayer ya salió por esa puerta. Txomin y Ramiro se la llevaron al portillo y volvieron con ella sin haberla encendido, y Txomin la dejó otra vez en el botiquín diciendo lo único que importaba: del portillo al refugio se oye, y del refugio al club no se oye nada. El club está a dieciocho kilómetros y detrás de dos cordales, y por eso en once días la radio que importaba fue siempre la grande, la de las trece y las veinte. Pero el corredor de Larrondo empieza cien metros por debajo de la puerta, y los dos primeros tercios se ven desde la contraventana del dormitorio alto, la que Idoia abrió el primer día.

—No voy a hablar —dijo Fani—. Hablar gasta y con guantes y con viento no se entiende. Voy a apretar el botón sin decir nada. Eso abre la portadora, que llega mucho más lejos que una voz que se entienda. Y escuchar gasta treinta veces menos que hablar: tres horas con el altavoz abierto cuestan menos que un turno de siete minutos. Aun así, hoy la llamada de la una la hacéis en tres.

Quedó pactado así, y Aitor lo escribió en la primera página del cuaderno con letras grandes para que lo viera todo el mundo desde la mesa: un clic cada media hora mientras el refugio la vea, sigo. Tres clics, estoy en el hayedo. Una hora sin ningún clic, salen Idoia y Ramiro por los jalones.

Salió a las ocho y cinco. Cerró la puerta ella misma y nadie salió a mirar, porque Txomin dijo que nueve personas en la nieve de la puerta no le servían de nada.

A las ocho y treinta y cinco, un clic. A las nueve y cinco, un clic. A las nueve y treinta y cinco, un clic, y en el comedor alguien se rio de nada.

A las diez y cinco no hubo nada. A las diez y siete tampoco. Idoia se puso las botas a las diez y nueve sin decir una palabra y Ramiro cogió la cuerda de ocho del gancho de la entrada. A las diez y catorce, nueve minutos tarde, el altavoz se abrió una vez, corto, y se cerró.

—Está en el hueco —dijo Txomin, que llevaba dos horas arriba con la contraventana abierta un palmo—. Ahí se tarda. Ahí tardé yo, bajando a Fermín.

A las diez y cuarenta y cinco, un clic.

A las once y quince, tres horas y diez minutos después de que Fani cerrara la puerta, el altavoz de la radio se abrió tres veces seguidas. Aitor apuntó la hora en la línea que le tocaba y debajo escribió lo que habían pactado que significaba, porque no hacía falta interpretar nada: Fani está en el hayedo. Fuera de la placa y fuera del hielo.