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Idea · Del catálogo de Margen

Se te arrugan los dedos porque un nervio lo ordena

2014, Berlín. Cuarenta voluntarios tuvieron las manos media hora en agua a cuarenta grados y las sacaron con las yemas plegadas. Ese pliegue lo ordena el sistema nervioso simpático. Lo que el laboratorio de Gary Lewin, en el Centro Max Delbrück de Medicina Molecular, quería averiguar era para qué sirve.

Después del baño, los cuarenta se pusieron a pasar canicas, dados y pesas de latón de un recipiente a otro por un hueco de cinco centímetros, unas veces secos y otras sumergidos. Con los dedos plegados no lo hicieron mejor. Midieron además la agudeza táctil por separado, apoyando en la yema rejillas de surcos cada vez más juntos y preguntando en qué dirección iban, y tampoco mejoró. El trabajo salió en PLOS ONE: las arrugas del agua no mejoran ni el tacto ni la destreza con objetos mojados.

Eso venía a discutir lo que se había publicado el año anterior.

2013, Newcastle. Kyriacos Kareklas, Daniel Nettle y Tom Smulders pidieron a veinte personas que pasaran treinta y nueve canicas de cristal y seis plomos de pescar de un contenedor a otro, con las manos secas y con las manos después del mismo baño de media hora. Con los objetos sumergidos, los dedos arrugados hicieron el trabajo alrededor de un 12 % más rápido. Con los objetos secos, ninguna ventaja. Cada voluntario pasó por las dos condiciones, con los dedos secos y con los dedos plegados, de modo que cada uno era su propio control, y el orden se repartió al azar para que no contara lo que se aprende repitiendo la tarea. Lo publicaron en Biology Letters y fue la primera vez que alguien puso un número a la idea de que las arrugas sirven para algo.

La idea era de dos años antes.

2011. Mark Changizi, biólogo teórico, y tres colegas se fijaron en la forma del dibujo. Las arrugas de una yema no son un remolino ni una cuadrícula: son canales que salen del centro del dedo y bajan hacia los bordes, se unen unos con otros y nunca se cierran en isla. Es la topología de una red de drenaje, la de las cuencas de los ríos vistas desde arriba, y también la del dibujo de un neumático de lluvia: un sistema para que el agua escape por debajo cuando aprietas. Lo llamaron «huellas de lluvia» y lo publicaron en Brain, Behavior and Evolution. Changizi añadió un argumento que no era de forma sino de familia: el plegado en agua está documentado también en macacos, y un rasgo que aparece en otros primates se parece más a una función heredada que a una avería de la piel.

Años setenta. Las arrugas del agua entran en las consultas de neurología y de cirugía de la mano como prueba diagnóstica. Se llama, sin más adorno, la prueba de la arruga: se mete la mano en agua a unos cuarenta grados, se espera media hora y se mira qué dedos se plegaron y cuáles no. Sirve con niños pequeños y con pacientes que no pueden colaborar en un estudio de conducción nerviosa, porque no hace falta que entiendan nada, ni que aguanten un electrodo, ni que digan si notan algo.

Lo que la hace fiable no es la finura del aparato, que no hay aparato, sino que cada persona lleva puesto su propio grupo de control: se comparan los dedos homólogos de las dos manos, metidos a la vez, en la misma agua y durante el mismo rato. Y al revés, el día que un cirujano quiere saber si el nervio que cosió hace nueve meses ha vuelto a mandar sobre los vasos de esa yema, tiene un barreño y media hora.

La piel de las yemas, de las palmas, de las plantas y de la cara interior de los dedos no tiene pelo: es piel glabra, y es la única que se arruga. Al cabo de tres a cinco minutos en agua, las fibras del sistema nervioso simpático ordenan que se estrechen los vasos sanguíneos que hay justo debajo de esa piel. Al estrecharse, el volumen de lo que está por debajo baja un poco. Y la piel, que está anclada al tejido de dentro por miles de ligamentos diminutos y no puede encogerse libremente, hace lo único que puede hacer: pandearse en crestas y surcos. El agua caliente lo consigue mucho antes que la fría, y los laboratorios dejan la mano dentro media hora porque quieren el pliegue entero y no su primer asomo. Cuando sacas la mano, tarda entre diez y veinte minutos en volver a su sitio.

Los mismos nervios que dan esa orden son los que abren las glándulas del sudor de esa misma piel, y van juntos: un dedo que no suda tampoco se arruga. Es la razón de que a los pacientes operados de sudoración excesiva de las manos —una simpatectomía torácica, que consiste precisamente en interrumpir esa vía— les deje de funcionar también la arruga en la mano tratada. No les pasa nada en la piel. Les falta el cable.

Y existe la avería contraria, que se llama arrugamiento acuagénico de las palmas: manos que se pliegan en dos o tres minutos y de forma exagerada, con la piel blanquecina y un aspecto de guante empapado que no corresponde al tiempo que han estado dentro. Se ha descrito sobre todo en personas con fibrosis quística y en portadores del gen, y encaja con la historia: en esa enfermedad está alterado el transporte de sales a través de la piel, y las sales son las que gobiernan el agua.

De ahí se sigue una cosa que se puede comprobar en una bañera. Si el pliegue fuera agua entrando en la piel, se arrugarían también el dorso de la mano, el antebrazo y la espalda, y no se arrugan; la temperatura daría igual, y no da igual; y no habría manera de sacar la mano derecha plegada y la izquierda lisa de la misma palangana, a la vez y con el mismo jabón.

Eso último es lo que vieron los primeros.

1936. Thomas Lewis y George Pickering publicaron en Clinical Science un estudio sobre los cambios circulatorios en los dedos de pacientes con enfermedades del sistema nervioso. Entre otras cosas metieron en agua las manos de personas con el nervio mediano lesionado. Los dedos que dependían del nervio dañado salieron del agua lisos. Los de la mano sana, plegados, en la misma palangana, a la misma temperatura y durante el mismo tiempo. Noventa años después ese sigue siendo el experimento que se repite en consulta, y todo lo que hace falta para montarlo es un barreño, agua caliente y un reloj.