Relato · Del catálogo de Margen
Sole tiene hasta la una para explicar cuarenta kilos

—Efrén, apaga el motor y ven al cristal.
—Tengo el de Zorroza a las doce.
—Bengoetxea llega a la una y trae impresa la hoja de las diferencias de tara. Sales tres veces este septiembre y las tres las apunté yo.
—¿Tú?
—Yo. Es mi trabajo apuntarlas. El día 4, el 17 y hoy: cargado me das 24.180 y en tara me das 8.900.
—Pues ya está: quince mil doscientos ochenta de chatarra.
—Mi tara es 8.940.
—Tu tara es 8.940 en cuarenta y un albaranes seguidos desde marzo. Por eso lo apunté.
—Habrá llovido dentro. O será el gasoil.
—Llueve, sí, y si se hubiera mojado pesarías más, no menos. Y el gasoil de trescientos metros de patio no son cuarenta kilos, que son cuarenta y ocho litros.
—La báscula, entonces.
—La contrastaron el 9 de abril con seis pesas patrón de quinientos kilos y tienes el certificado colgado detrás, tapado con tu hombro. Y la lona la volviste a subir antes de pesar, que te vi meterla en el cofre.
—Pues no lo sé.
—Ya. Yo tampoco, y llevo tres semanas sin saberlo. Lo que sí sé es que una báscula que se estropea no acierta tres veces el mismo número, y a mí me han salido 8.900, 8.900 y 8.900.
—¿Y qué quieres de mí?
—Dos horas. Sube otra vez a la báscula y bájate a contármelo.
—Voy.
—Para. Tienes el segundo eje fuera del tablero. Un metro atrás.
—Así.
—8.900.
—Pues ya lo has visto.
—Ya lo he visto dos veces, que no es lo mismo que verlo una. Baja y ven al cristal.
—Sole, que tengo el de Zorroza a las doce.
—Y yo tengo la hoja de Bengoetxea encima de la mesa. La columna se llama «diferencia de tara» y el año pasado sumó once mil euros. En agosto salieron de la ruta Hilario y el chico de los Retolaza, y los dos se fueron sin que nadie les probara nada: lo que faltó fue quien explicara los kilos.
—Yo no te he robado nada en mi vida.
—Lo sé. Si creyera que me robas no te habría dado dos horas, te habría dado la hoja. Lo que pasa es que a la una tengo que explicar cuarenta kilos que no entiendo, y yo no explico lo que no entiendo.
—Págame los 15.240 y nos olvidamos.
—Ah. ¿Ahora sí sabes cuánto es?
—…
—Efrén. Cuarenta y un albaranes con 8.940. Tres días de este mes con 8.900. Siempre la misma cantidad de menos, siempre en la pesada de tara y siempre a la misma hora de la mañana.
—Vale.
—Vale ¿qué?
—Que abras la puerta y salgo a decírtelo fuera.
—Dímelo por el cristal, que está lloviendo.
—No te lo voy a decir por el cristal con el altavoz puesto y el patio delante.
—…
—Ábreme.
—Pasa. Límpiate las botas, que esto es una caseta, no un garaje.
—Sole, ¿tú por qué crees que yo entro a las nueve y cuarto y no a las ocho como todo el mundo?
—Porque duermes.
—Porque a las ocho está Bengoetxea en el patio.
—Sigo sin entenderte.
—Nata.
—¿Quién es Nata?
—Mi perra. Un cruce de mastín, negra y con una oreja partida. La pesé el mes pasado en la veterinaria de Basurto porque ya está mayor y hay que vigilarla: treinta y ocho kilos justos.
—Treinta y ocho.
—Treinta y ocho. Tu báscula va de diez en diez, ¿no? Pues por eso te salen cuarenta.
—…
—Va conmigo en la cabina. Desde que me quedé sin la nave de Ortuella, que era donde dormía ella. Va conmigo a Zorroza, a Amorebieta y a todas partes, y hoy está detrás del muro del almacén, en la sombra, sentada.
—Sigue.
—Cuando entro cargado, va dentro conmigo. Cuando descargo, la bajo y la dejo detrás del muro, porque la grúa la pone nerviosa desde que le cayó una plancha a dos metros. Y luego subo a pesar la tara y se me olvida volver a subirla. Y sale lo que sale.
—Sale 8.900.
—Sale 8.900.
—Y el día 4 y el 17 también estaba Nata detrás del muro.
—El 4 y el 17 también.
—…
—En el reglamento del patio dice que no pueden entrar animales. Lo firmé yo en 2021. Si lo digo, me quitan la ruta. Y con la ruta se va la letra de la cabeza tractora, que son cuatrocientos ochenta euros al mes hasta 2028. Y no sé qué hago con la perra.
—Efrén, ¿tú sabes lo que me estabas pidiendo?
—Que me pagaras los kilos.
—No. Me estabas pidiendo que apuntara que has traído cuarenta kilos de chatarra que no has traído. A ochenta y cinco céntimos son treinta y cuatro euros, tres veces al mes, con mi número de operadora en la esquina del papel.
—No lo había pensado así.
—Ya lo sé. Por eso he abierto la puerta.
—¿Y por qué lo apuntaste, entonces?
—Porque el día 4 era un número y el 17 eran dos números iguales, y dos números iguales no se pueden callar. Si me los hubiera guardado, hoy estaría aquí tapando algo que no entiendo, y el lunes tapándolo otra vez, y para diciembre ya no sería tuyo el problema: sería mío y llevaría tres meses.
—Podías habérmelo dicho el 17.
—El 17 te lo dije. Te dije que te faltaba peso y tú me dijiste que llovía.
—…
—¿Y ahora qué?
—Ahora ve a por la perra.
—¿Cómo?
—Ve a por la perra, súbela a la cabina y pesa. Si va dentro cuando entras cargado, tiene que ir dentro cuando pesas la tara, igual que el termo y que las dos ruedas de repuesto que llevas ahí desde que te conozco. Nadie te está pidiendo que la escondas: te estoy pidiendo que la pese.
—¿Y si la ve Bengoetxea?
—Bengoetxea está en Derio hasta la una. Corre.
—…
—8.940.
—8.940.
—15.240 de chatarra. Eso es lo que has traído y eso es lo que te voy a pagar.
—Sole, los treinta y cuatro euros de las otras veces…
—Los treinta y cuatro euros no existían. Nunca existieron. Llevas tres semanas cobrando una perra.
—Ya.
—Ya, no. Son sesenta y ocho euros, los del día 4 y los del 17. Y esos dos albaranes están firmados, cerrados y pagados.
—¿Y eso cómo se arregla?
—Como se arregla todo aquí: con otro papel. Hago un albarán de rectificación con la fecha de hoy, los dos números de los albaranes viejos y el motivo escrito. «Tara corregida por acompañante no pesado.» Sesenta y ocho euros que te descuento del pago del viernes.
—Bengoetxea lo va a leer.
—Claro que lo va a leer. Bengoetxea lleva dos meses buscando a alguien que le explique una columna de su hoja, y le voy a dar la única explicación que ha tenido en todo el año: firmada, con el peso de la perra, la fecha de la veterinaria y el nombre del sitio donde la pesaron. ¿Y sabes qué va a hacer con eso?
—Echarme.
—Mandar poner un cartel en la entrada que diga que los acompañantes se pesan. Porque los once mil euros del año pasado no van a ser todos perros, Efrén, pero alguno habrá.
—…
—Y ahora escúchame bien, porque no te lo voy a repetir. A partir de mañana entras a las ocho y cuarto, cargado, con la perra dentro, y pesas. Descargas, vuelves a subir con la perra dentro, y pesas. El día que Nata no vaya en el camión me lo dices antes de subir y yo escribo «tara sin acompañante» en la casilla de observaciones, que para eso está y lleva ahí desde que existe el formulario.
—Tráeme el albarán de Zorroza antes de las tres, Efrén, y no me hagas pesar nada dos veces en lo que queda de mes.