
En 1937, Sylvan Goldman, dueño de una cadena de supermercados de Oklahoma, tuvo una idea para que la gente comprara más: una silla plegable con ruedas y dos cestas. Había nacido el carrito de la compra. Y fue un fiasco.
Los hombres lo rechazaban porque empujarlo les parecía poco varonil, capaces como eran de cargar con sus cestas. Muchas mujeres tampoco lo querían: les recordaba a un cochecito de bebé, y ya empujaban bastantes.
Goldman no se rindió: contrató a hombres y mujeres para pasear carritos llenos por sus tiendas, fingiendo ser clientes encantados, y puso azafatas ofreciéndolos en la puerta. Funcionó. El invento lo hizo millonario y cambió el comercio para siempre.
La lección es incómoda: el carrito no triunfó por útil, sino por imitación. Compramos como compran los demás, hasta cuando creemos que no.