No estuviste en casi ninguna de las cosas que das por ciertas. La forma de los átomos, la caída de un imperio, lo que hay en el fondo del mar, cómo funciona tu propio corazón: nada de eso lo comprobaste tú. Todo llegó de segunda, tercera, décima mano.
Vivimos sostenidos por una red inmensa e invisible de confianza en desconocidos: los que midieron, los que escribieron, los que corrigieron a los anteriores. No es debilidad; es lo que nos permitió pasar de la cueva a la Luna sin repetir cada uno todos los experimentos.
Pero si tu conocimiento del mundo es prestado —y lo es—, entonces la pregunta clave no es «¿qué sé?», sino «¿a quién le presto mi confianza y por qué?». Elegir bien las fuentes no es un detalle: es, literalmente, elegir qué mundo habitas.