Volví una última vez. No por el reloj: por el libro. Había pasado dos semanas sin dormir del lado izquierdo, pensando en aquella entrada a medio cumplirse, y decidí que hay dos clases de personas: las que, pudiendo saber cuándo perderán algo, leen el libro, y las que lo cierran. Yo iba a cerrarlo. Con el mozo delante, con las dos manos, para siempre.
Amberes estaba distinta. El agua había bajado un metro; se veían las vías, negras y limpias como recién engrasadas. El mozo esperaba en el borde del andén con la gorra puesta y el libro bajo el brazo, y por primera vez no estaba etiquetando nada.
—Llega el convoy —dijo—. Cada tantos años baja la marea y pasa a recoger. Esta noche toca. Me alegra que esté: el registro pide dos firmas y llevo un siglo firmando solo.
—¿A recoger qué?
—Lo reclamado. —Señaló las hileras con la barbilla—. ¿Usted cree que guardo esto por gusto? Esto es una consigna, señorita Vera, no un museo. Cuando alguien, arriba, echa de menos algo con la fuerza suficiente, el objeto se reclama solo. El convoy lo devuelve. Un guante aparece detrás de un armario donde se buscó cien veces. Una carta llega con sesenta años de retraso y el cartero jura que estaba en el fondo de la saca. La gente dice qué casualidad, y a nosotros ni una placa nos ponen.
Lo oí llegar antes de verlo: un desplazamiento de aire antiguo, un chirrido educado. Entró en la estación sin luces, seis vagones de madera barnizada, y se detuvo con una exactitud que ya no se fabrica. Las puertas se abrieron solas.
Trabajamos toda la noche, el mozo y yo. Él leía el número, yo buscaba el objeto y lo subía al vagón: el acordeón, la maleta de cartón, cientos de cartas atadas por décadas, el guante de niño con su pañuelo — «reclamado, por fin», dijo el mozo, y le tembló el galón. Cargamos hasta que el libro dijo basta.
El reloj de mi padre se quedó en su estante. No pregunté. Hay fechas que no se le discuten a ningún registro.
Cuando el convoy se fue, el agua empezó a subir otra vez, mansa, cubriendo las vías como quien estira una sábana. El mozo me acompañó a la escalera y me tendió el libro abierto por la última página escrita.
«N.º 14.313 — Estación de Amberes, completa — Se perdió en 1924 — La lloró el mozo. Reclamada.»
—Dos firmas —dijo, ofreciéndome la pluma—. Y suba sin mirar atrás, que el tabique lo cierran ellos.
Firmé. Subí. No miré.
El parte oficial dice que la filtración entre Fontana y Delicias cesó sola, «causa no determinada», y la brigada lo celebró porque los misterios que se arreglan solos son los favoritos del turno de noche. El tabique, cuando paso, está frío como todos los tabiques del mundo.
Solo queda esto, que no lo va a leer nadie. Y una cosa más, que encontré en el bolsillo del mono al llegar a casa, con una etiqueta de cartón atada con cuerda: un billete de andén de 1924, sin usar. En la etiqueta, esa letra pulcra que ya conozco:
«N.º 1 — Billete de vuelta — No se pierde — Lo guardará Vera, por si un día echa algo mucho de menos.»