Por capítulos · La estación sumergida · Del catálogo de Margen
El mozo de los objetos
No grité, porque el oficio te enseña que en un túnel gritar es gastar aire. Encendí la linterna de repuesto con la mano firme y la voz no tanto.
Delante de mí, a tres pasos, había un hombre. Uniforme de la compañía, pero de la compañía de hace un siglo: botones de latón, gorra de plato con galón granate. Viejo de una manera rara, como envejecen las fotos y no la gente. En una mano sostenía mi lámpara apagada; con la otra le estaba atando una etiqueta de cartón.
—No estaba perdida —dije—. Esa lámpara no está perdida. Es mía y está aquí.
—Aquí es donde están las cosas perdidas —contestó, sin levantar la vista, con una voz que sonaba a andén: amplia, con eco propio—. Y usted lleva razón a medias, que es como más se lleva. La lámpara ha llegado antes que su pérdida. Pasa, con las visitas.
Se llamaba —se llama, supongo— el mozo. El mozo de los objetos hallados de Amberes, estación clausurada la misma noche de su inauguración, en 1924, «por lo del agua», dijo, como quien menciona a un pariente incómodo. La compañía tapió, los planos callaron, y a él lo olvidaron dentro con el libro de registro y el uniforme puesto.
—¿Lleva cien años aquí?
—Llevo cien años trabajando aquí —corrigió, con un orgullo mínimo—. Todo lo que la ciudad pierde acaba bajando. El agua lo trae. Yo lo seco, lo etiqueto y lo guardo. Alguien tiene que llevar el registro de lo que se pierde; si no, la gente cree que las cosas desaparecen, y las cosas no desaparecen jamás, señorita Vera. Solo cambian de estación.
Me enseñó las hileras: paraguas, cartas sin echar, anillos, un acordeón, dentaduras, medallas de guerra. Me dejó tocar el guante de niño; no me dejó tocar el pañuelo de debajo. Y entonces lo vi, en la hilera del fondo, en un estante a la altura de los ojos, con su etiqueta numerada y su cuerda.
Un reloj de pulsera con la correa cosida a mano, remendada con hilo de vela. El reloj de mi padre. El que le pusimos en la muñeca antes de cerrar la caja, hace nueve años.
—Esto no puede estar aquí —dije, y la linterna me tembló de verdad por primera vez—. Esto no se perdió. Esto se enterró.
El mozo consultó el libro sin prisa, siguiendo la línea con el dedo enguantado, y me leyó la entrada con la neutralidad de los funcionarios y de los oráculos:
—«N.º 9.041 — Reloj de caballero, correa remendada — Se perderá donde se guardan los relojes de los padres — Lo llorará Vera.» —Cerró el libro con suavidad—. No ha llegado la fecha, señorita. Esto no lo perdió usted.
Y después, mirándome por primera vez a los ojos, debajo de la gorra:
—Todavía no.